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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Iglesias viene a por nosotros (otra vez)

El problema es cómo es posible que obtuviera un disparatado número de votos reciclando discursos comunistas fracasados y que encima nos dejara en herencia a Pedro, su imitador en jefe

Con la llegada del otoño y la caída de la hoja y de los ingresos públicos desde que no es ministro, Pablo Iglesias se ha montado un foro para rearmarse, dice que ideológicamente, pero su verbo guerracivilista invita a pensar que se quedó con ganas de acabar con todo quisque, es decir, con aquella media España que le vio las entretelas nada más aparecer por nuestras vidas. Sale de «Garibaldi» («Baco ha ahogado más hombres que Neptuno») borracho de venganza, y con su proverbial verbo de populista matón, acaba de ofrecerse para «reventar» a «los activos políticos» de «la derecha española». Quiere «ir a por ellos de verdad». No puede extrañarnos, porque cuando ha habido que elegir entre víctimas y verdugos –ETA, terrorismo yihadista, Putin…–, Podemos siempre ha elegido a los segundos; está en su ADN. Le mola la violencia y su activista en jefe alardea de ello. Es un fanático que pudrió la convivencia en España y ni lo puede ni lo quiere ocultar. De hecho, está como loco por volver a la escena pública para recoger los pedacitos de Yolanda Díaz, a la que no supo manipular como quiso, y, si por casualidad a los españoles les da por cambiar de Gobierno, quemar contenedores, hacer trizas los escaparates y reventar la democracia. Jarabe democrático, lo llama. A diferencia de Sánchez, Iglesias sí quiere la alternancia de Feijóo –e incluso de Abascal– para granjearse un discurso de destrucción y barricadas en las calles.

Pero mientras esa alternancia llega, el guante se lo ha arrojado a Pedro Sánchez, el alumno aventajado que se quedó con su programa, sus votos y sus políticas demagogas. Una de las lecciones que aprendió el presidente del que fue su vicepresidente fue agarrarse al lawfare, como única herramienta para justificar las injustificables corruptelas de su mujer, hermano y equipo político. En un claro señalamiento a jueces y periodistas, Pablo ha vuelto por donde solía: si en las negociaciones para entrar en el Ejecutivo allá por 2016 le exigió a Pedro controlar RTVE, el CNI y la policía, ahora pide directamente dominar el CGPJ y dirigir los procesos de concesión de las licencias de televisión. No aguanta que Atresmedia y Mediaset no le tengan de tertuliano, como si la televisión pública que, según acaba de confesar, ya controla la izquierda frente a los partidos no sanchistas. Prueba de fe: que él es tertuliano de varios de sus programas estrella.

Es un chequista frustrado, que se hizo comunista cuando el telón de acero había caído, Franco había muerto en la cama y tuvo que entrar en un Gobierno dirigido por un hombre al que despreciaba intelectualmente. El resentimiento le corroe. Desde la mesa del Consejo de Ministros no dio palo al agua, demostró que le gustan más las algaradas que el madrugón y el curro, así que se embarcó en la falaz épica de acabar con la derecha en Madrid y especialmente con Isabel Díaz Ayuso. Terminó con sus huesos políticos en Galapagar, donde las guerrillas se dirigen desde el mullido sofá de burgués y con los ingresos que procura la cónyuge eurodiputada. Volvió a Vallecas, la arcadia comunista abandonada, pero solo para devolver el acta de diputado en la Asamblea demostrando cuan preocupado estaba por los problemas de los madrileños cuando se presentó a los comicios contra Ayuso.

El problema es cómo es posible que obtuviera un disparatado número de votos reciclando discursos comunistas fracasados y que encima nos dejara en herencia a Pedro, su imitador en jefe. Ejerció un efecto narcótico sobre un número importante de desavisados que, con sus votos, le permitieron pagarse el chalé y vivir como la casta a la que vino a combatir. En un acto de patetismo, acaricia la idea de que esos ingenuos todavía siguen ahí, decepcionados con Yolanda y Pedro, y volverán a caer rendidos a sus pies. Pero por si eso también falla, prefiere acabar antes con jueces y periodistas independientes, ya los últimos diques de la otrora robusta democracia española.

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