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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Meditación en Moguer

En ese impensable delirio metafísico de las tres naves, va a nacer la verdad de España. En el instante mismo en el que lo que era caos se transmuta en mundo. Y en ese nacer queda impreso el relente incurable de un imposible que acontece

Agapito Maestre maquinó el proyecto. Yo sólo me dejé llevar a esos tres días de coloquio al abrigo anímico del monasterio de La Rábida. Sin programa ni objetivo definidos. Con tan sólo la esperanza de atisbar, si había suerte, las lógicas de un prodigio, tal vez de una locura: la de tres cáscaras de nuez, arrojadas desde Palos de Moguer al mar, con rumbo a ninguna parte.

Al cabo, esos tres casi juguetes, no es que acabaran por descubrir tan sólo un impensado continente nuevo: eso es casi lo de menos. Lo asombroso es que, al hacerlo, inventaran esta grandiosa paradoja autodestructiva a la cual llamamos España. Y que la inventaran, no como una nación. Como un imperio: madeja, en cuya desmesura, amor y odio no son pasiones distintas. Lo enigmático es que en esa paradoja estamos ya profetizados nosotros. Todos. Antagonistas de nosotros mismos. Profetizada esta rara modernidad que es la española. «Yo mismo de mi mal ministro siendo», en hallazgo cegador de uno de los más bellos endecasílabos de nuestra lengua.

¿Se puede entender la desmesura de aquel puñado de navegantes que, en 1492, se embarca en un infinito viaje sin sentido? No podían no saber que estaban abocados a perecer en una inmensidad no cartografiada. Y, contra toda lógica, sobre la aniquilación y el infinito riesgo de un mar ignoto, impusieron su admirable insensatez de hombres libres. En colosal envite, que ningún común sujeto en sus cabales hubiera aceptado. Y esa disparatada apuesta contra el inabarcable océano reviste entonces la dimensión de un desafío lanzado al infinito mismo. Llegar a no se sabe dónde, desde la perfecta ausencia de cualquier coordenada, encierra toda la hondura de un combate teológico.

Ante el infinito océano, hacia el cual zarpan las naves, no hay más que desafío. Y arrogancia frente al misterio. Que la tierra sea una esfera de doble movimiento, no es, en aquel final del siglo quince, más que una extravagante hipótesis astronómica en la que nadie pragmático cree. Fantasías de sabios demasiado seducidos por las magias numéricas. Lo que ojos y sentido común dicen al hombre de mar experto es que, del majestuoso monstruo cuyo movedizo azul acota el platino del cielo, nada apenas sabe. Ni él, ni nadie. Y que el terror al abismo de los monstruos, sobre cuya oquedad el océano se precipita, se anuncia como una muy verosímil amenaza.

¿Qué lleva a navegantes en su sano juicio a violar las reglas más elementales de la navegación? Porque de eso se trata. Tres cascarones apuestan por desafiar todo cuanto mapas y relatos dan por realidad aceptada. Y emprenden viaje hacia nada. No saben cuándo volverán a hallar puerto en el cual fondear y avituallarse. No saben, en rigor, si existen puertos o vituallas en esa alucinada trayectoria que el almirante ha fijado sobre mapas imaginados, sobre rutas que nadie ha visto. «Navegar es necesario», exhortaba Pompeyo a sus marinos según Plutarco. «Vivir no es necesario». En las cabezas de estos que en 1492 abrazan lo imposible, navegar es la vida. La única. Llegar no importa. Lo más seguro, pienso, es que ni siquiera fantasearan seriamente con la quimera de desembarcar en ninguna parte. Y puede muy bien ser que ese fuera el motivo verdadero de su extraño hacerse a la mar. Su ningún sitio era infinitamente más seductor que cualquier puerto conocido.

En ese impensable delirio metafísico de las tres naves, va a nacer la verdad de España. En el instante mismo en el que lo que era caos se transmuta en mundo. Y en ese nacer queda impreso el relente incurable de un imposible que acontece. El imperio, que de ese imposible nace, es la matriz profética de la melancolía. Esto es, de España.

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