Josema Yuste, Garci y los represaliados del Régimen
No puede ser que glorias nacionales sean señaladas o boicoteadas en el mismo país donde Almodóvar vive como Dios y te insulta cuando le da la gana
Josema Yuste forma parte de la cultura popular española y de la memoria sentimental de varias generaciones por su legendaria carrera en «martes y 13», el dúo de humor rompedor familiar que hoy parece ingenuo, pero sigue siendo inmortal. Un respeto, pues, que alojarse en el imaginario colectivo y en su lenguaje, con coplillas y gestos aún en uso, es algo al alcance de muy pocos.
Pues bien, allá donde le quieren escuchar, sea en Antena 3, El Debate o Telemadrid, el bueno de Josema se lamenta con elegancia de algo que otros como él sufren y sienten, pero no cuentan: la dificultad para abrirse hueco en el mundo artístico si no piensas «lo correcto». Es decir, si no sueltas por esa boca lo mismo que Almodóvar, Bardem o Ana Belén, por citar tres iconos del pensamiento socialista, siempre prestos a suscribir las causas, los relatos y los objetivos de sus mentores ideológicos.
La denuncia de Yuste enlaza con la cultura de la cancelación fuertemente instalada en el falso progresismo, que tiene varios niveles de intensidad. El más frecuente es la exclusión de premios, galardones y reconocimientos, que pasa con la cultura pero también en el periodismo, donde hacer el gamberro tiene recompensa o castigo en función del sesgo: se puede ser El Follonero, pero no Cake Minuesa, o hacer un «Caiga quien caiga» con Wyoming, pero no un vídeo de Vito Quiles, aunque en todos los casos el estilo y las intenciones sean parecidos en todo menos en el objetivo.
La respuesta a esta evidencia no es apuntarse en una libreta los nombres de los beneficiarios, algunos sistémicos desde 1978, para pasarles la factura en el momento oportuno: nada hay más sectario que renunciar a un disco de Serrat o una película de Bardem por lo que piensan e, incluso, por cómo ayuden a instalar relatos falsos y hasta coactivos contra la disidencia democrática, especialmente cuando es tan imprescindible como en estos tiempos liberticidas, corruptos y prostibularios.
Pero sí hay que animar a los miles de Yustes a que salgan del armario en el que se esconden por miedo y exigir un ecosistema más sano, con las mismas reglas del juego para todos y un trato similar en el que el talento y el mercado, y no las filias ni las fobias, decidan el resultado: no puede ser que veten a Almodóvar por tener una opinión política agresiva, tal vez subvencionada y a menudo recubierta de imbecilidades; pero no puede ser que el gran José Luis Garci carezca del reconocimiento y el respaldo que sí tiene el autor de «Tacones lejanos», cheques cercanos e inversiones remotas en paraísos fiscales.
Como no puede ser que quienes más lecciones no reclamadas de periodismo impartan y más distinciones reciban sean quienes, a la vez, rubrican infames manifiestos «contra el golpismo mediático» para tapar los vapores de sauna, los sobres, las mordidas y los apaños que definen la profunda sentina de Pedro Sánchez.
La derecha española tiende a pedir perdón por lo que piensa y, para lograr su indulto cuando llega al poder, tiende a avergonzarse de quienes respaldan un cambio, más que unas siglas, y a renovar a quienes les perseguían, como si estuviera en deuda con ellos o necesitara de su benevolencia: lo hemos visto con una política mediática desnortada y, también, con el mantenimiento de un ecosistema cultural que mantiene lo sustantivo del anterior.
No se trata de dar un volantazo para repetir el sectarismo previo pero en sentido contrario, sino de recrear unas normas que no sancionen ni promocionen a nadie por sus posiciones políticas, compensando primero a quienes más han sufrido esta burda recreación del «Farenheit 451» de Bradbury, con hogueras progres incesantes donde siempre han ardido los mismos artistas y comunicadores.
No se puede ser igual que ellos, pero tampoco más idiotas que nosotros mismos: Yuste, y tantos como él, se merece un busto y una calle, en un país resumido en la indulgencia estúpida, con un sinvergüenza como Otegi y en un destierro oprobioso del Rey Juan Carlos, como si la generosidad tuviera sentido con el primero y fuera inviable con el segundo. Es al revés, pero para eso hay que tener una templanza que no se aprecia en tantas mujeres al borde de un ataque de nervios.