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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Los siguientes pasos de Sánchez

Esto no ha terminado: el 'martirio' de García Ortiz es el pistoletazo de salida para su ofensiva definitiva

Álvaro García Ortiz es la viva prueba de eso que describió Hannah Arendt en La banalidad del mal para detectar a un oscuro funcionario, Eichmann, capaz de ejecutar las peores órdenes, en su caso proceder con diligencia al exterminio judío en los campos de concentración: no hace falta tener una mente lúcida ni una presencia aparatosa ni un carisma deslumbrante para perpetrar las fechorías más inmundas.

Solo hay que tener la combinación perfecta de lacayismo, inmoralidad y blandenguería para obedecer sin cuestionar, aunque las instrucciones sean tan monstruosas como las que este indeseable recibió o provocó que le ordenaran: utilizar las cuitas privadas de un ciudadano anónimo para urdir una operación contra un rival político, ajeno a los hechos y sin ninguna relación con ellos.

La férrea defensa de Sánchez, antes, durante y después del juicio; su agresividad directa o a través de terceros sin escrúpulos y la transformación del fallo en una nueva excusa para atacar y amenazar al Poder Judicial y al ecosistema político y mediático ajeno al Régimen no son más que la prueba de cargo contra sí mismo y la asunción de la autoría intelectual de un crimen sin consecuencias legales por una única razón.

Y es que, aunque ha quedado acreditado que Ortiz pidió el expediente del novio de Ayuso a sus subordinados; lo recibió en una dirección de correo ajena a la institución y borró todas las pruebas sabiéndose ya investigado y con la Guardia Civil en su despacho; la responsabilidad penal en La Moncloa se diluyó por esa eliminación de los dispositivos electrónicos, inválida para señalarle al haber copia de sus comunicaciones en los teléfonos de sus inferiores, pero suficiente para evidenciar que fue él, quién si no, quien le remitió todo al gabinete de Presidencia, desde donde a su vez salió en dirección al despacho socialista en la Asamblea de Madrid.

Sin esa chusca destrucción, propia de un camello tirando el cargamento de coca por el váter al oír a la Policía llamando a su puerta, hoy también estarían cerca más cerca de una condena Pilar Sánchez Acera, su jefe Óscar López y el jefe de este, Pedro Sánchez, todos ellos conspiradores junto al títere condenado con una pena bastante inferior a la merecida.

Que al vigor de las evidencias se le haya querido contraponer el testimonio de periodistas más dispuestos a ayudar a Sánchez a fabricar una coartada para su esbirro que a demostrar de verdad la inocencia del acusado, apelando a un secreto profesional perfectamente compatible con la certificación de su relato sin revelar identidad alguna; es perfectamente compatible con la génesis del delito, el paisaje repugnante donde chapotea el sanchismo y la inminente resaca a todo ello.

Porque lo coherente en quien utiliza la Fiscalía para romperle las piernas a un contrincante o envía a un corrupto a Waterloo para comprarse una investidura negada en las urnas es que ahora, con sentencia irrevocable mediante, prosiga con su relato negacionista de la democracia en nombre de una inexistente conspiración neofranquista que incluye ya al Tribunal Supremo, a la UCO, a los poderes legislativo y judicial y por supuesto a la prensa mentirosa.

Escuchar a 'juristas' como Martín Pallín, el que presidía 'tribunales ciudadanos' paralelos a los legales para sentenciar a Ayuso por las muertes en las residencias, llamar «golpe de Estado» a una sentencia a buen seguro impecable e incluso benévola de la élite judicial española y, a continuación, ver la ovina movilización de todos los sincronizados en TVE repetir la misma gansada; da la pista de cuál va a ser la reacción de Sánchez.

Redoblar su batalla contra eso que llama lawfare como un vulgar capo de la Cosa Nostra frenado por los carabineri y los Falcone que también disfrutamos en España y justificar una ofensiva contra la democracia con el argumento de que quiere salvarla, cuando en realidad solo busca su impunidad personal y a ser posible perpetuarse en el poder que ocupa ya ilegítimamente.

García Ortiz es un pobre soldado de un general sin escrúpulos que hace de la necesidad virtud y, en realidad, ve en la caída de su perrito faldero una oportunidad para consolidar el relato necesario para intentar invalidar sentencias futuras que sí le preocupan más, si como parece ponen a su esposa o a su hermano en el lugar que les corresponde, nada edificante: los indultos camuflados de Chaves y Griñán o el indecente griterío predemocrático alentado ahora contra el Supremo son solo el ensayo de la función que realmente le interesa: salvar como sea a los suyos y a sí mismo. Un totalitario de libro, necesitado de sociedades dormidas y devotos acríticos dispuestos a creer sus lamentables salmos.

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