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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Mazón, Aznar, Rajoy, Moreno y Feijóo asesinos

Todo lo malo ocurre pese a la grandeza de Sánchez y por la miseria de sus rivales, que no encuentran antídoto para esa obscena manipulación

Cuando alguien muerde allá donde gobierna el PP, y no digamos si fuera Vox, el drama se convierte en un homicidio o en un asesinato. No solo con los seres humanos, también con los paisajes, los pueblos y la vida: un petrolero descontrolado en Galicia fue culpa de Aznar, que estaba en Madrid, pero una dana en cinco comunidades autónomas es responsabilidad de sus presidentes regionales, con la excepción de Illa o Page por ser del PSOE. Ahí vuelve a ser una «emergencia climática» imposible de frenar con los recursos domésticos e incluso nacionales.

En la explotación del dolor siempre gana el PSOE, mejorado por el resto de la izquierda, con la única excepción de las víctimas de ETA, olvidadas o descalificadas si a alguien se le ocurre reivindicarlas: en ese caso, su lamento no es un aviso desesperado, sino una siniestra estrategia de la derecha para explotarlas que justifica la indiferencia ante ellas. En fin.

Lo hemos visto, por penúltima vez, con Carlos Mazón, sometido a fusilamiento sumarísimo en una comisión de investigación en el Parlamento que ofrece algunas pistas al PP, si espabila, sobre cómo tratar a Pedro Sánchez, a su esposa o a quien comparezca por la pandemia de corrupción: sin respiro, sin humanidad, con brochazos cargados de ira que, en nombre de los fallecidos, en realidad explotaba su martirio con infinita impostura.

Gabriel Rufián, como el resto de miembros del pelotón de fusilamiento, nunca ha hecho lo mismo con los asesinados de ETA: no se le recuerda una comparecencia en la que, cuando la portavoz proetarra de Bildu, Mertxe Aizpurúa, hablaba de cualquier cosa y en especial de los derechos humanos, que es como si una hiena imparte lecciones de dieta vegana, le sacará la foto de cualquiera de los asesinados durante medio siglo por esa chusma.

El desparpajo de ERC, como el del PSOE y sus socios, olvida además que la mañana posterior a la tragedia previsible y, por tanto, incapaz de pasar de los estragos materiales a los humanos con la debida gestión, dedicó su tiempo a asaltar RTVE con una cacicada para adaptar su Consejo de Administración a los delirios del Gobierno; en lugar de a movilizar al Estado en auxilio de los valencianos, esos peperos.

El linchamiento de Mazón, que siempre sobró por algo tan básico como su falta de autoridad para gestionar una catástrofe por demérito propio y señalamientos ajenos, no tiene sentido si no se extiende la prospección de la cadena de chapuzas, olvidos y errores que acompañó a la emergencia y llegan sin duda a la Moncloa.

Porque pensar que no hubiera pasado lo mismo si el presidente valenciano no hubiese estado ilocalizable durante veinte minutos mientras se ignora que el Gobierno lo estuvo varios días o sostener que algo de tal dimensión puede ser contenido con recursos estrictamente locales solo define a propagandistas, babeando por la oportunidad electoral que ofrece el dolor ajeno.

Ya sabemos que un atentado yihadista es culpa de Aznar, que los muertos madrileños en pandemia fueron asesinados por Ayuso, que las emergencias climáticas mundiales mutan en incidentes provinciales si el infortunio recae en manos peperas, que las víctimas de Franco lo son en realidad del PP o de Vox y que, en general, las tragedias suceden a pesar de la grandeza de Sánchez y por la miseria del Feijóo de turno.

Más allá de que la oposición se deje o no encuentre manera de evitar que hasta un condenado por terrorismo como Otegi imparta cátedra democrática contra Ayuso, la moraleja es bien sencilla: tienen en frente a una maquinaria perfecta para el mal, dispuesta siempre a todo, hasta a la más grosera explotación de las lágrimas que ellos mismos provocan o toleran. No debería ser tan difícil encontrar un antídoto contra ese bochorno, pero llevan lustros en ello y no han dado con él.

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