Salazar y las braguetas
¿A quién puede escandalizarle nada si Sánchez hace lo mismo?
Cuando Paco Salazar le ponía la bragueta en la cara a sus trabajadoras, según denuncian ellas, luego le arrimaba la boca a la oreja de Sánchez, con despachos casi contiguos, para susurrarle el camino adecuado al paraíso buscado, su promoción y supervivencia personal.
La imagen es muy simbólica, pero también fidedigna: es al menos lo que dicen esas empleadas, y el propio Sánchez legisló a favor de que palabra de mujer es prueba suficiente para condena, porque «hermana yo sí te creo», salvo que tu acosador sea amigo del presidente, portavoz de algún partido de extrema izquierda o cheerleader del general secretario del PSOE, en cuyo caso hay que esperar a la sentencia y, si va mal, dudar de los jueces, esos fachas conspiradores que se alejan de la rectitud de Martín Pallín o Baltasar Garzón, auténticos juristas.
La cuestión es que alguno se va haciendo el sorprendido por la existencia del tal Paco Salazar, cuyo rostro le hace justicia, haciendo bueno el dicho de que ahí está el espejo del alma. Pero nada tiene de insólito en un entorno que nació, medró y se atrinchera desde el abuso, que es el combustible nada ecosostenible del sanchismo.
Sánchez lleva siete años acosando a los españoles, desde que asaltó el poder con todos los tunantes profesionales, y se ha mantenido ahí arriba con esa herramienta, resumida en un muro para partir en dos España y la indecorosa imagen de ver a la UME movilizada para matar jabalís en Cataluña, sin que nadie se lo pidiera, mientras la dejaba en sus cuarteles con la dana valenciana para ahogar al PP, aunque en el viaje también murieran 200 personas.
Pero es que, además de la metáfora política que une el modus operandi de Sánchez y su gran amigo Paquito, también hay un hilo conductor a propósito del sexo, del trato a la mujer, de la inmoralidad y de la pose. ¿Qué le va a reprochar Sánchez a nadie si él mismo le debe tanto a un suegro proxeneta que le pagó su campaña en las Primarias, el chalet en Pozuelo donde vivía y el pisito en Almería donde veraneaba, según todos los testimonios nunca desmentidos por este desvergonzado voluntariamente amnésico?
¿Qué lecciones va a aceptarle nadie, sea en el trato a sus trabajadoras o en los hábitos nocturnos, en lupanares, si a los empleados de Begoña les explotaban en sórdidos garitos y se los llevaban puestos clientes similares a los que él ha ido nombrando ministros?
El problema de Sánchez no es de casting, como repite la incansable Orquesta del Titanic, antes conocida por Equipo de Opinión Sincronizada, para salvar siempre a su patrón y presentarle como la primera víctima de sus propias tropelías, sino de origen: él nació y sigue entre vapores de saunas, biombos en las urnas, papeletas amañadas y acuerdos mafiosos a escondidas, todo para lograr premios que no merecía.
Con esa génesis, que eligiera a Salazar, Koldo, Cerdán y Ábalos o que ellos le eligieran a él, como cada día parece más probable, tiene toda la lógica: para formar parte de una banda hay que estar de acuerdo en que todo vale, sea abrocharse la bragueta en la cara de una pobre currita o mearse en la de todos los españoles. Con perdón por la expresión, pero háganse cargo: si Sánchez va todo el día con la chorra fuera, ¿cómo no van a hacerlo también los demás miembros de su Famiglia?