Fundado en 1910
Pecados capitalesMayte Alcaraz

No más mensajes de miniyos autonómicos

La parafernalia que se despliega con los mensajes de fin de año de los presidentes autonómicos tiene un punto ridículo, muy ridículo, que empaña y desluce lo verdaderamente importante

El miércoles de Nochevieja, con las uvas a punto de atragantarnos, los presidentes autonómicos nos dijeron de todo: que «no hay que seguir el juego a los que buscan el enfrentamiento para esconder sus miserias» (García-Page), que se le «agota la paciencia» y que «quiere todas las herramientas del Estado» para el País Vasco (lehendakari Pradales), que hay que hacer de Galicia «un refugio en el que las cosas se entiendan de otra manera» (Alfonso Rueda), que Madrid «pone freno a las ideologías que solo sirven para dividir y empobrecer» (Díaz Ayuso), que «ningún vecino vuelva a pasar miedo cuando llueva» (Pérez-Llorca), que la «reputación de Navarra» está por encima del «caso Cerdán» (María Chivite) y seguro que la mayoría de esos dirigentes lo hicieron con la mejor de sus voluntades. Yo defiendo el Estado autonómico y no leerán aquí ni una sola enmienda a la totalidad a ese sistema que nos dimos para organizarnos como país. Creo que fue un acierto su formulación, pero muy mejorable su aplicación.

Uno de sus grandes fallos de esa descentralización es la ruptura por territorios de nuestros intereses, que son generales por definición, y no entienden de fronteras, lo que nos ha empequeñecido a la hora de afrontar grandes retos, como ocurrió con la pandemia, o con la riada valenciana, o con los incendios. Y me malicio que no hemos aprendido ni media palabra al respecto porque siempre pesa más el interés electoral y esa mirada cortoplacista va contra la delegación de poderes en otra institución. Si además tienes al frente de la Administración general del Estado a un desleal con un perfil psicológico inquietante, capaz de racanear los medios –«si quieren ayuda que la pidan»- con tal de hacer daño a un rival político, pues tenemos un cuadro abracadabrante.

Por eso es tan ridículo lo de los discursos en Nochevieja. Barones y baronesas se asoman a las pantallas para tener un cuarto de hora de gloria. La mayoría elige un atrezo escenográfico con mucho perifollo institucional, a pequeña escala del mensaje navideño de un Rey (fue Jorge V de Inglaterra quien inauguró la tradición en 1932) o de un presidente de la República (Roosevelt le siguió en 1933). Son como los «miniyo» de Felipe VI y colocan generalmente a su vera sus respectivas banderas autonómicas, símbolo de una «tradición» que se remonta a «siglos de historia». Vamos, más o menos a un puñado de años en el mejor de los casos. Que tiemblen las piedras de El Escorial.

Es verdad que entre estos gobernantes regionales hay unos cuantos que, más allá de la pantomima de los discursos impostados, se toman en serio su labor y lo han demostrado sobre todo estos últimos años, apagando los fuegos que Pedro Sánchez alimentó en la pandemia al grito de «a mí la cogobernanza». Incluso los hay que no caen en esta surrealista escena antes de las uvas. La parafernalia que se despliega con los mensajes de fin de año de los presidentes autonómicos tiene un punto ridículo, muy ridículo, que empaña y desluce lo verdaderamente importante. En especial, cuando la mayoría de esos dirigentes nos hablan desde televisiones con deudas astronómicas y gestiones deficitarias, desde canales mayoritariamente convertidos en instrumentos de propaganda, detalle que cuestiona todavía más el desparpajo con que nos meten la turra anual.

Ese punto absurdo escala un grado más hasta llegar a la vergüenza en el caso de los barones independentistas, que asperjan su perorata de supremacismo, odio a España, victimismo y delirios emocionales sobre no sé sabe qué repúblicas inventadas o RH diferentes. También tienen su hueco televisivo socialistas convertidos en sucedáneos nacionalistas -ay, Illa- que con buenas palabras venden solidaridad e incluso se la piden al Estado, mientras alimentan el pancatalanisno y la discriminación. Porque de todo hay en el reino de las taifas.

Las Comunidades nacieron para mejorar la vida de los ciudadanos y aunque algunas lo han conseguido, la sensación general es que se han convertido en mini clones del Estado, emborrachados de burocracia y clientelismo. Es una pena porque yo creo que fue una buena idea de los padres de la Constitución que tanto el PP como el PSOE terminaron convirtiendo en un problema más que en una solución, al descentralizar hasta el tuétano del Estado, a cambio del apoyo en el Congreso de los partidos separatistas. A ver si conseguimos que dentro de un año los discursos se los dirijan a sus familias en petit comité y que a nosotros nos vendan menos crecepelos y hagan de verdad lo que toca.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas