La tiranía y el derecho internacional
¿Habría clamado la izquierda española contra una eventual intervención de Estados Unidos para liquidar el régimen de Franco invocando la bárbara agresión contra el derecho internacional y el imperio de la fuerza bruta?
Muchos comentarios a la captura de Maduro han comenzado por la apelación al derecho internacional y, en el mejor de los casos, a la necesidad de abrir un proceso de transición a la democracia en Venezuela. Pero creo que el comienzo mejor no debe ser ese. Lo primero debiera ser la expresión de la satisfacción por la caída del tirano y la posible liberación del pueblo venezolano. Opresión, torturas, fraude electoral, violación general de los derechos humanos, miseria, tráfico de drogas, son algunos de sus principales logros. Una de las primeras consecuencias ha sido la liberación de centenares de presos políticos. Entiendo que haya quienes defiendan al déspota, y no escasean en España, la ideología ciega sus ojos, pero no que lo hagan en nombre de la democracia, la libertad y la justicia.
Una vez sentado esto, es posible pasar al asunto de los medios utilizados y de la eventual violación del derecho internacional. Aquí nos enfrentamos a verdades, medias verdades, mentiras y una insondable hipocresía. Literalmente no puede decirse que la legalidad internacional ampare la acción. El propio presidente Trump alardea de su desprecio y apela a su conciencia y a su deber. Tampoco pienso que en el orden internacional deba imperar la ausencia de normas y la ley de la fuerza. Tampoco la idea de que el fin justifique siempre los medios. Y ni siquiera la pretensión de Max Weber de que junto a una ética de la convicción exista otra ética de la responsabilidad que atienda sobre todo a los fines. Si aceptamos esto, la actuación sería irreprochable. Además, en otros casos, no se ha apelado al derecho internacional. Por ejemplo, todos los que han justificado la invasión rusa de Ucrania. O los que han mirado hacia otro lado ante el terrorismo palestino, al parecer muy acorde con la legislación internacional. Quizá algunos omitan el detalle de que en el caso de que hubiera un proyecto de condena a Estados Unidos por parte del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, jamás podría salir adelante, ya que el país americano tiene derecho de veto. Y eso, escrupulosamente de acuerdo con el derecho internacional. Se olvida también que, al derecho, incluido el internacional, le es inherente la posibilidad del uso de la fuerza legítima. ¿Se ha utilizado contra tiranías, comunistas o no? ¿Se ha utilizado contra el tráfico internacional de personas y drogas amparado o promovido por algunos estados? ¿O contra las persecuciones religiosas o contra las hambrunas provocadas? No se suele mencionar que la mayoría de los miembros de Naciones Unidas no son democracias y que difícilmente pueden derivarse decisiones democráticas de asambleas constituidas por una mayoría de autocracias. La neutralidad entre el bien y el mal es inmoral. Y sobre la hipocresía, un ejemplo anacrónico. ¿Habría clamado la izquierda española contra una eventual intervención de Estados Unidos para liquidar el régimen de Franco invocando la bárbara agresión contra el derecho internacional y el imperio de la fuerza bruta?
Ignoro, aunque no lo creo, si Trump dejará un mundo mejor y unos Estados Unidos más unidos y bajo el imperio de la concordia nacional. Pero lo que es seguro es la zafiedad de sus formas que, en muchas ocasiones, superan los modales de los chulos de discoteca. Tampoco se entiende que deje en el poder a la siniestra Delcy Rodríguez, segunda del tirano, y no emprenda lo antes posible un proceso de transición a la democracia. Tanta apelación al petróleo resulta muy sospechosa. El desprecio a Europa y a todo lo que no son sus fines domésticos resulta desolador. La primera potencia democrática mundial no puede dedicarse solo a sus intereses. El tratamiento de la inmigración no es justo. Y uno piensa cómo son los dirigentes demócratas para que sean derrotados por alguien como Trump. La idea de que lo primero es la reconstrucción y luego vendrá la democracia es propia de extremistas de izquierda, aunque estos prefieren hablar de revolución. Lo más urgente es la devolución de Venezuela a los venezolanos y no la imposición de un Gobierno títere. Dios bendiga a América, que falta le hace, y nos ampare a todos.