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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

9 segundos

Una tragedia como la de Adamuz vuelve a poner sobre la mesa lo que nunca queremos ver: nunca sabemos cuándo llegará nuestra hora

Corre el mes de septiembre de 2025 y se celebra en Moscú un excepcional desfile por el 80 aniversario del final de la II Guerra Mundial. Un chino corpulento, de 72 años y aspecto sosegado, y un ruso bajo, rubio, pálido y alopécico, cuchichean con complicidad. Un micrófono indiscreto graba la conversación, que acaba desvelándose. No están hablando de hazañas bélicas de aquella guerra larga y salvaje, la más brutal de la historia, sino sobre la duración de la vida humana. Son dos hombres muy poderosos, Xi y Vladimir. Mangonean sus países como si fuesen su huerto privado. Lo tienen todo. Sin embargo, les falta algo decisivo: la inmortalidad. No está todavía a su alcance, pero en sus cuchicheos, captados por el micrófono, fabulan con que podrían llegar a vivir más de 150 años mediante sucesivos trasplantes de órganos.

Los dueños de los imperios tecnológicos estadounidenses están invirtiendo fortunas en laboratorios que investigan cómo prolongar la vida humana. Y es que les ocurre lo mismo que a los dos autócratas: son los amos del universo, no hay capricho que no se puedan permitir. Pero existe un problema bastante serio que son incapaces de arreglar: un día la parca llamará a las puertas de sus megamansiones y con todos sus billones se irán a criar malvas al otro barrio, como todo ser humano que ha nacido.

Cuando sucede una tragedia tan sobrecogedora como la de Adamuz, nueve segundos que siegan más de cuarenta vidas, se apodera de inmediato de nosotros un pensamiento que normalmente preferimos guardar en el cajón más hondo de nuestra mente: nadie sabe cuál será su hora. Nuestro paso por este mundo se desarrolla por lo tanto sobre el alambre de la más débil provisionalidad, que en cualquier momento puede tener fin por un accidente inesperado, o una cruel enfermedad que nos atropella. Un bulto que aparece un día, un lunar raro, y en unos meses... Un corto recorrido en coche y un accidente absurdo... Cuántas veces lo hemos escuchado.

Tengo un amigo que suele rezongar la siguiente observación: «Si de verdad pensásemos en lo que somos, en que nuestra vida se va a acabar, no saldríamos de la cama de la depre. Así que para funcionar tenemos que vivir sobre la ficción de que somos eternos».

Pero ese planteamiento taciturno se desvanece si se abraza la esperanza en la vida después de la muerte, la fe en que puede esperarnos la paz de Dios, con una felicidad absoluta y perpetua. Por eso no hay ateos en la primera línea del frente.

La muerte es la igualadora absoluta. Cuando nos toque saldar la última cuenta, todo lo que ahora nos desvela será solo «polvo en el viento», como avisaba el poético Libro del Eclesiastés de la Biblia. Hasta ahora, lo único que nadie ha logrado es llevarse al más allá la pasta, los cargos, las vanidades mundanas, las neuras políticas, las pasiones contingentes… Todo eso deja de importar cuando llega el cara o cruz final. En ese instante decisivo solo existen dos opciones. O nos espera Dios. O nos aguarda un vacío que convertiría nuestras vidas y sus afanes en un guiñol absurdo, sin más objeto que acaso dejar descendencia y alguna memoria en los anales de la historia, un hito reservado a muy pocas personas.

¿Nos abandonamos a la total desesperanza, a la idea que solo somos polvo que se llevará el viento? ¿O confiamos en que puede aguardarnos un premio final de tal valía que nuestras limitadas mentes ni siquiera son capaces de captar su alcance, pues es el abrazo de Dios?

Algunos –en realidad millones de españoles– creemos que las personas que han muerto en los accidentes ferroviarios poseen un alma inmortal, y que están disfrutando ya de la dicha suprema. Y es una pena que sean tan pocos los que se atreven a aludir a ello en la esfera pública española. Vivimos en un país católico donde parece estar prohibida de facto toda alusión a Dios por parte de la clase política (salvo que lo invoquen los mahometanos). Pero eso ya les da igual a nuestros compatriotas que a estas horas nos miran desde arriba.

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