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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Ojalá estuvieses aquí

Es tristísimo ver cómo la enfermedad borra la memoria de personas que conocemos, pero también una prueba de que su dignidad está ahí hasta el final

Para un admirador de los Beatles, entrar en los estudios Abbey Road de Londres supone un evocativo festín, algo así como visitar la catedral del pop, aunque la fachada sorprende por su modestia. Los pisé una vez por motivos de trabajo, con la viuda de Elvis como maestra de ceremonias presentando una grabación ultratumba. Por supuesto a la salida no faltó la clásica foto kitsch de recuerdo cruzando el paso de cebra de la carátula del disco Abbey Road, el soberbio canto del cisne de los Beatles.

Los colosos de Liverpool no son los únicos que han grabado allí obras inolvidables. El 5 de junio de 1975, cuatros músicos ingleses de pelo largo, de edades entre el final de la veintena y la primera treintena, se encontraban en el estudio mezclando la canción Shine On You Crazy Diamond, pieza medular de su nuevo disco, Wish You Where Here, una melancólica evocación de un gran talento extraviado en los remolinos de la locura.

Apareció entonces en la sala un hombre un poco pasado de peso, de cráneo y cejas afeitadas, con la mirada ida y vestido con una camisa blanca de manga corta. Tenía solo 29 años, pero aparentaba más. El visitante farfulló unas palabras no muy coherentes a uno de los técnicos y se repantigó en una silla.

Los músicos no repararon en él en un primer instante. Pensaron que era un mozo más del estudio. Pero David Gilmour, el guitarrista, lo reconoció y avisó a los demás: «Es Syd». Roger Waters, el bajista y compositor del grupo, rompió a llorar ante su deterioro físico y mental. Nunca más volverían a verlo. Pero aquella aparición espectral los impactó. Los sumió en una tristeza de calado, que dejó su impronta en varias canciones.

Aquel hombre destrozado había «brillado como el sol» en su primera juventud. Había sido el ingenioso, carismático y apolíneo líder que puso a andar a Pink Floyd. Su principal compositor, su cantante, su guitarrista y fuerza motriz. Los integrantes del grupo provenían de Cambridge, de familias de buena clase media y alto nivel académico. Se marcharon estudiar a Londres (tres de ellos, arquitectura, y Syd, bellas artes). Pero la música psicodélica los envenenó. Acabarían convirtiéndose en un grupo celebérrimo, hoy clásico, y una lucrativa empresa.

Syd Barrett compuso el primer disco de Pink Floyd y parte del segundo. Y entonces se rompió. Su psique, de naturaleza ya de por sí quebradiza, se desmoronó por el consumo de LSD. En marzo de 1968 abandonó el grupo –o le enseñaron la puerta– y siete años después hizo su fantasmagórica aparición en Abbey Road. Como casi siempre, la familia estaba ahí para recoger y pegar los añicos.

Syd volvió a Cambridge, donde vivió el resto de sus días en el chalet pareado de su madre. Llevó una vida de organizada calma y bastante reclusión, dedicado a la pintura abstracta y la jardinería. Pero para desgracia de los suyos, Syd –o Roger, como siempre lo llamaron en casa– era una leyenda del rock. Nunca faltaban reporteros y admiradores husmeando ante las ventanas, o llamando al timbre, muchos enganchados a la especulación de que su enfermedad era solo el montaje de un genio que había preferido apearse del pedestal.

Murió en 2006, con 60 años, por un cáncer de páncreas. Nunca le faltó de nada, porque sus viejos camaradas de Pink Floyd, de los que había sido compañero de escuela, se cuidaron de que los cheques de sus royalties llegasen siempre con puntualidad.

Me he acordado de esta historia de Syd Barrett porque se ha editado una versión remasterizada de Wish You Where Here por su 50 aniversario. También porque en días pasados he vivido un encuentro que me ha impresionado. Fue con una persona que aprecio y conozco desde hace varios años, de mucha valía profesional y que en su hora se llenó el bolsillo a lo grande merced a su talento.

Comencé a hablar con él y fui percibiendo una cierta niebla en sus respuestas, de esas que te deja preocupado. Comentarios inconexos. Una mirada abstraída. También la sonrisa tierna que ilumina a muchas personas que sin saberlo están retornando a la edad de la inocencia. Luego supe que ha iniciado la senda que lleva a la pérdida de la memoria, por la que todos podemos pasar y que tantas veces hemos visto en seres queridos y conocidos. Forma parte de la lotería cruel de la vida, y más con el largo horizonte vital de hoy.

Resulta desasosegante ver cómo la enfermedad va erosionando la mente de una persona, en especial cuando te une a ella un vínculo afectivo. Pero también supone una prueba palpable de que su dignidad está ahí hasta el final, en contra de lo que preconiza la subcultura de la muerte de una izquierda que tan erróneamente se hace llamar «progresista».

Si la niebla de la desmemoria o la locura acaba apoderándose un día de nosotros, ¿querremos que nos cuiden y nos respeten?, ¿o preferíamos que nos hiciesen objeto de lo que el Papa Francisco denunciaba como «la cultura del descarte»? ¿Queremos que nos brinden respeto y cariño hasta el final, como merecemos como hijos de Dios sea cual sea nuestra condición física y mental? ¿O queremos que nos sugieran la senda inhumana de la inyección letal de la eutanasia con el argumento de que ya no somos útiles ni tenemos cura?

Cuando perdió la cabeza, Syd Barrett no se convirtió en un mueble apolillado que hay que arrojar a un vertedero. Merecía exactamente el mismo respeto que cuando era un adorado dios de la escena. Y su familia supo dárselo, como se lo darán también al amigo del que he hablado.

Imagino que en eso consiste la humanidad, y no en llorar por la capa de ozono.

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