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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Sepa que es usted una sanguijuela

O eso dice una señora que no ha dado palo al agua en su vida fuera de la política y a la que un día le tocó un ministerio en la tómbola del populismo sanchista

Act. 14 ene. 2026 - 09:00

Para resumir la decadencia política en que está sumida España bastan estas cuatro palabras: Ione Belarra fue ministra.

Nacida en Pamplona hace 38 años, en el seno de una buena familia de madre abogada y padre psicólogo, la enviaron a un estupendo colegio católico concertado y luego le pagaron su formación universitaria en Madrid, donde completó la carrera de Psicología. A continuación se entretuvo con el pertinente máster. Entre pitos y flautas, acabó su formación a los 26 tacos, edad a la que ingresó en la única empresa en que ha currado: Podemos (antes de vivir del partido solo trabajó brevemente como becaria en Ayuda al Refugiado). Esta señora regañona y desagradable, que nos abronca a diario desde una atalaya de suficiencia, jamás ha tenido una nómina en una empresa. Primero vivió alegremente de sus papis y luego, de su partido populista.

Aterrizar en Podemos fue para Ione como si le hubiese tocado la Bonoloto. Se hizo amiga del líder supremo, el coletudo y carismático Iglesias Turrión, y de la que por entonces era su flamante nueva novia, Irene. Con solo 28 años, y sin saber hacer la o con un canuto, la gran Ione se convirtió en diputada en el Congreso. Debido a la extrema debilidad de Sánchez, la chiripa continuó: secretaria de Estado de la pegajosa Agenda 2030 con 32 años y a los 33, ministra, cargo en el que se distinguió con el sensacional descubrimiento de que en realidad existen 16 modelos de familia (el suyo, por cierto, es el clásico: tiene dos hijos con su pareja, un varón que también vive de la teta de Podemos).

Como la ignorancia es osada, la exministra sigue opinando por las televisiones, ahora en calidad de secretaria general de Podemos. En una de sus intervenciones acaba de dejar un interesante apunte sobre la crisis de la vivienda en España. Según Belarra, los pisos y casas de alquiler están en manos de «rentistas que viven de no hacer nada y que son auténticas sanguijuelas».

Los lectores de prensa suelen ser personas de un cierto nivel y edad. Así que entre quienes estén leyendo este artículo probablemente habrá algunas que posean un piso en alquiler. Pues váyanse enterando: son ustedes unas «auténticas sanguijuelas».

¿Tiene razón Belarra? ¿Está el parque de viviendas español en manos de plutócratas desalmados que le chupan la sangre a la gente? Además de radical, se muestra como una política ignara (el epíteto exacto es burra, pero vamos a tener la elegancia de ahorrárnoslo). Según los últimos estudios, el 93% de los propietarios de viviendas de alquiler en España son particulares, que además tienen solo una. La inmensa mayoría son además de clase media y mayores de 65 años.

Los caseros españoles, esas sanguijuelas, resulta que utilizan sus pisos de alquiler mayoritariamente para complementar sus pensiones, o para ir pagando con ese ingreso sus hipotecas. ¿Y cómo han conseguido esas viles sanguijuelas convertirse en propietarios? Algunos han tenido la suerte de heredar, y por supuesto tienen todo el derecho a disfrutar del esfuerzo de sus antepasados. Pero la mayoría son personas que se han comprado sus pisos gracias a su entrega profesional, su talento y su espíritu de ahorro. Es decir, gracias a sus méritos.

He vivido muchos ejemplos en mi círculo próximo de gentes de extracción social modesta que acabaron siendo propietarios de dos pisos y poniendo uno de ellos en alquiler. No hablo de cunas altas. Hablo de marineros, de emigrantes retornados, de personas que un día abrieron un bar y tuvieron éxito, de un vecino que montó una fontanería... ¿Son sanguijuelas? ¿O son personas cuyo esfuerzo debemos aplaudir e imitar? ¿Queremos aspirar a una sociedad de propietarios... o a una de gandulería subvencionada, en la que se condenan el esfuerzo y el mérito como valores fachas?

Execrables los insultos de Belarra, que quiere para ella y su familia la vida buena que posibilitan las economías abiertas, mientras a los demás nos receta los más rancios clichés del fiasco igualitario. Esta señora no tiene importancia por sí misma, pues está ya de bajada. Pero sí importa lo que denota. Pervive en España, y con carteras en el Gobierno, una izquierda populista alérgica a la propiedad privada, intoxicada de envidia y resentimiento hacia todo aquel que tiene un mínimo éxito en su vida y logra avanzar.

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