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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

¿Venezuela? Todo esto va de China

Estamos en la Segunda Guerra Fría y Estados Unidos se ha hartado de ver a los chinos enseñoreándose de su patio trasero

Act. 13 ene. 2026 - 08:21

El dictador Maduro y su mujer fueron capturados por la Delta Force a las dos de la madrugada, hora local. Era el 3 de enero y los protegían escoltas de élite de la obsoleta satrapía comunista cubana. ¿Qué había hecho el día anterior el detenido? ¿Cuál fue su último acto oficial? El 2 de enero, un trajeado y encorbatado Maduro recibió con máxima formalidad en el palacio de Miraflores a Qiu Xiaoqi, enviado especial de Xi para Iberoamérica, y al embajador chino. Un comunicado del Gobierno venezolano resaltó que la reunión ratificaba «el carácter inquebrantable de la unidad entre Caracas y Beijing como socios estratégicos». Maduro, al que acompañaba Delcy, se refirió a Xi Jinping como «un hermano mayor» y ensalzó la «hermandad» con China.

Todo esto no va de Venezuela, va de China. Estados Unidos es un poderoso productor de petróleo, que no necesita el crudo venezolano (del que el 80 % iba a China y suponía el 5 % de sus importaciones). A Trump, por desgracia, tampoco lo desvelan los terribles padecimientos bajo la dictadura venezolana, ni lo mueve un afán por instaurar allí rápidamente una democracia de laboratorio. Si tiene más interés en enviar a su público el mensaje de que va a cortar la autopista narco, cuyas mercancías han creado una epidemia de zombis en Estados Unidos.

El auténtico móvil de la captura de Maduro es China, con la que Washington está dirimiendo la segunda Guerra Fría. Con su televisivo y estrafalario estilo, lo que ha hecho Trump es dar un puñetazo sobre el tablero para decir basta a una China que se había ido enseñoreando de su patio trasero (controlaban hasta el Canal de Panamá y el 30 % de las materias primas de Brasil, Perú y Chile). Trump y Biden se odian de manera visceral, pero existe algo que compartían: la preocupación por China, política de Estado permanente sea quien sea el inquilino de la Casa Blanca.

En 1992, el profesor estadounidense Fukuyama se hizo célebre con su libro El fin de la historia, donde cantaba una victoria universal de la democracia liberal. Vendió mucho. Pero no dio una. Hoy vivimos en un momento excepcionalmente delicado, en el que confluyen la segunda Guerra Fría, que enfrenta al imperio a la baja con su posible sucesor, y la cuarta Revolución Industrial –la de la IA, las nuevas fuentes de energía, los semiconductores y la biotecnología–, unos frentes donde también se están partiendo la cara chinos y estadounidenses.

Como telón de fondo, Taiwán, el estandarte del nacionalismo chino, que sirve al dictador del PCC para distraer de sus problemas domésticos. China cerró el año cercando la isla con las abrumadoras maniobras Misión Justa 2025, un alarde que semejaba ya el preludio de la invasión. Pero Taiwán no es solo un pleito nacionalista. Es la sede de Taiwan Semiconductor Manufacturing (TSMC), el gigante que despacha el 90 % de los microchips del planeta, claves en la nueva Revolución Industrial.

El dominio de Occidente supone una rareza en la historia, por lo que muchos estudiosos señalan que el espectacular ascenso de China, que en tiempo récord sacó de la pobreza a 800 millones de personas, «es más una restauración que una revolución». En 1972, Nixon y Kissinger iniciaron el acercamiento a China, en un afán de evitar su pinza con la URSS. En 1978, China suponía menos del 1 % del comercio mundial. En 2001, un iluso Clinton, enamorado de las promesas de la globalización, les abrió las puertas de la Organización Mundial de Comercio. Doce años después ya eran el mayor exportador. En su ascenso, aprovecharon la codicia de las multinacionales occidentales que se fueron allí a producir barato, robándoles sus secretos industriales al tiempo que nos cerraban sus mercados. Han hecho dumping a Occidente con ayudas estatales a su industria y con unas condiciones laborales muy inferiores. Se han zampado nuestro sector fabril y pronto caerá la automoción europea, inmolada en el altar de la paranoia climática de Bruselas.

Los chinos no han olvidado. Albergan un enorme resentimiento contra Occidente por los abusos del colonialismo en el llamado Siglo de la Humillación, que va desde las Guerras del Opio hasta la revolución comunista de 1949. China es otro universo, ajeno a las columnas que han conformado el nuestro, que son el cristianismo, el derecho romano, la filosofía griega y la ilustración.

A diferencia del regate corto inherente a nuestras democracias por la taquicardia electoral, los chinos no tienen prisa, miran con las luces largas. Desde comienzos de este siglo se han embarcado en un sigiloso proceso de dominación del mundo, con caballos de Troya comerciales que seducen a los países emergentes (iniciativa del Cinturón y la Carretera) y haciendo acopio de materias primas estratégicas (80 % las tierras raras y el 30 % del petróleo africano, continente donde dominan, ante el despiste estadounidense y la molicie de una adocenada Europa). Nos colonizan además en el mundo digital con TikTok, Huawei o WeChat.

El problema actual estriba en que China ya no solo quiere dominar la economía, donde aún le falta un trecho, pues Estados Unidos supone el 24 % del PIB mundial y tiene siete de las mayores empresas del planeta, frente a un 16 % del PIB para China. El desafío radica en que hoy China está crecida, se gusta, y aspira a exportar e imponer también su modelo político: una autocracia de hombre fuerte, contraria a nuestras democracias de las libertades, que ve decadentes e ineficaces.

¿Ganará China? No es tan fácil. EE.UU., a pesar del lastre de su fortísimo endeudamiento, supone el 40 % del gasto militar del mundo (China está en el 13 %, aunque lo ha multiplicado por cinco desde el inicio de siglo). China presenta además sus talones de Aquiles: la resaca social y económica de la política del hijo único, la ralentización de su espectacular crecimiento, temor al estallido de burbujas inmobiliarias y empresariales y, sobre todo, que un modelo que lamina la libertad coarta también la creatividad.

Asistimos a la gran batalla China-Estados Unidos, ahora mismo con dos líderes antitéticos: un Trump con algunas buenas intuiciones, pero que vive al minuto, cultiva el espectáculo, arrastra un déficit de atención y en tres años estará fuera; y un taimado Xi de puño de hierro en guante de seda, con un plan a largo y ninguna prisa electoral acuciándolo.

A diferencia de Sánchez y Zapatero, activos peones prochinos, a otros nos gusta el dulce aroma de la libertad.

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