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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Hoy nadie rodaría 'El Pisito'

El problema de la vivienda siempre ha existido, como mostró el valioso y valiente cine social de careta cómica que se rodaba en España ya en los años cincuenta

Act. 13 ene. 2026 - 12:08

Hubo un tiempo en que el cine español rodaba películas sociales llenas de cargas de profundidad. Sabían a calle. Mostraban con realismo las penalidades, pequeños triunfos y aspiraciones de la gente corriente, a veces bajo un envoltorio de humor para hacerlas más digeribles a la censura.

¿Y en qué etapa de la historia de España se estrenaron esas vitriólicas películas de denuncia que hoy en día ya nadie ofrece? Pues en pleno franquismo.

Almodóvar es de boquilla el más concienciado y voceras de los intelectuales prosocialistas españoles. En sus primeras películas, como ¿Qué hecho yo para merecer esto? (1984), pisó la España real y la reflejó. Pero le duró muy poco. Hoy sus historias las protagonizan personajes pudientes, que moran en viviendas suntuosas y se angustian con unas neurastenias egocéntricas que nada tienen que ver con las preocupaciones de los españoles de a pie.

Ni siquiera el valioso León de Aranoa, que intenta lo más parecido que hoy tenemos al cine social, logra un producto redondo, porque su crítica se queda en panfleto al abordar nuestra realidad con las orejeras sectarias siempre caladas. Los jóvenes directores españoles están muy interesados en la Guerra Civil, o en dramas de africanos, palestinos o afganos, pero no les pidan que cuenten historias sobre los jóvenes españoles que están sufriendo con Sánchez la mayor tasa de paro de la UE y una epidemia de bajos salarios e impuestos confiscatorios.

Hoy vuelve a hablarse mucho de la carestía de la vivienda, como si fuese un problema nuevo. La verdad es que a los españoles que empiezan sus vidas profesionales siempre les ha resultado harto difícil comprarse un piso, nunca han sido una ganga. Por no hablar de que nuestros padres y abuelos se enfrentaban a unos tipos de interés astronómicos y lograban convertirse en propietarios solo con unas vidas de severo ahorro, un tipo de esfuerzo que ya no están dispuestos a asumir muchos de lo que hoy se quejan, a pesar de que apenas tienen hijos.

Resulta muy interesante recordar que a finales de los cincuenta, cuando todavía no había empezado con fuerza el gran bum del desarrollismo, se rodaron en España tres películas demoledoras sobre el problema –o más bien drama– de la vivienda: El inquilino (1957), tan cruda en su denuncia que el Ministerio de Vivienda obligó a retirarla tras su estreno, El Pisito y La vida por delante, ambas de 1958 y protagonizadas por el inmenso Fernán Gómez.

El Pisito es tremenda, un mandoble de neorrealismo bajo la fórmula de una comicidad sardónica. Cuesta creer que pasase el cedazo de la censura. La dirigió el italiano Marco Ferreri, que había llegado a España como vendedor de teleobjetivos (la leyenda cuenta que no colocó ni uno, pero a cambio nos dejó un par de grandes películas). El guion era de Azcona, la mente pensante del berlanguismo. La historia arranca con que Petrita (Mari Carrillo) y Rodolfo (José Luis López Vázquez) llevan doce años de novios, pero no pueden casarse porque no logran hacerse con una vivienda en Madrid.

Rodolfo vive realquilado cerca de la Gran Vía, en una casa cuya inquilina titular es doña Martina, una anciana que parece estar ya con un pinrel en el otro barrio. En la vivienda habitan otros dos realquilados, un podólogo y una meretriz. El casero quiere derruir el viejo inmueble. ¿Qué hacer para no quedarse en la calle? Petrita, el podólogo y la lumi se conjuran y convencen a Rodolfo para que se case con la inquilina titular, la veteranísima doña Martina, y así podrán heredar el alquiler antiguo y no los echarán. El hombre, que es un cuerpo sin espíritu, un mandado, acaba aceptando la misión. Pero le surge un problema no esperado: la agonizante doña Martina todavía vive dos años más.

En la última escena, que linda ya con un surrealismo buñueliano, vemos el cortejo fúnebre de doña Martina avanzando frente a una sucursal del Banco Central.

La película supuso un rotundo alegato sobre el problema de la vivienda en aquellos momentos, ejecutado con las armas de un humor despiadado. Pero cabe recordar que el Gobierno de entonces acabó tomando nota: entre 1961 y 1975 construyó en España cuatro millones de viviendas sociales. ¿Cuántas ha levantado Sánchez en su mandato? No llegan ni a la veinteava parte de esa cifra. La cháchara «progresista» no acaba de traducirse en ladrillos.

Hoy en España nadie rodaría una película como El Pisito, un torpedo al poder de aquel momento. La izquierda caviar de los Goya está demasiado ocupada persiguiendo a Trump, o defendiendo extravagantes leyes «de género», como para acordarse de las penalidades de los españoles corrientes y de las clases medias que se están volviendo bajas con el penoso experimento socialista.

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