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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Sr. Sánchez, ¿cuánto se ha beneficiado de los prostíbulos y cómo piensa explicarlo?

Este asunto debería ocupar la primera plana e ir al Congreso para obligarle a dar explicaciones y luego dimitir

En 2018, a la vez que Pedro Sánchez impulsaba en el Congreso una proposición no de ley para «promover la abolición de la prostitución» y para «luchar decididamente contra la trata de seres humanos con fines de explotación sexual», el suegro del presidente seguía siendo titular del local público donde se seguían comercializando cuerpos de hombres, mujeres y, según testimonios que nadie ha refutado, incluso de jovencitos por debajo de la mayoría de edad.

Aunque el líder socialista ha intentado que se difundiera la teoría de que el padre de Begoña Gómez renunció a sus prostíbulos, que eran muchos y repartidos por media España, nada más casarse su hija con el joven Sánchez y que desde 2006 nada tenía que ver con el sector, lo cierto es que a lo sumo traspasó la titularidad del siniestro negocio, pero mantuvo la del establecimiento donde se desarrollaba, con los beneficios que eso le seguiría reportando.

Es decir, que tenemos en activo a un presidente del Gobierno que comenzó su andadura matrimonial en un bonito piso adquirido en Pozuelo por su suegro proxeneta, que veraneó en Almería gracias al mismo patrocinador y que después, cuando llegó a La Moncloa, siguió conviviendo con la evidencia de que su familia política continuaba lucrándose de una manera u otra de eso que él decía perseguir.

Ya la primera parte de la historia retrata al personaje: en ningún país civilizado alguien que se ha beneficiado de actividades tan sórdidas como la explotación sexual se creería capacitado para dar el salto a la vida política. Por mero pudor. O por temor.

Un mínimo sentido de la prudencia le indicaría que el precio de ese confort regalado era renunciar a ostentar un cargo, consciente de la incompatibilidad existente entre el discurso público y la trayectoria personal: no es que el padre de Begoña se dedicara a lo que se dedicaba; es que por su matrimonio con ella se benefició personalmente de esa repugnante actividad, de manera sostenida durante años.

Tanto como para que el propio Sánchez haya sido incapaz de desmentir, en el mismísimo Senado, que su primera campaña en las Primarias del PSOE no estuviera financiada desde el mismo bolsillo sucio. No se tienen muchos suegros, y no se olvida a uno que hubiera esponsorizado tu carrera política con los recursos extraídos en su única actividad conocida, así que es razonable concluir que no lo pudo negar porque sabe que es cierto.

Pero es que, además de ese origen, ahora hemos podido documentar en El Debate que todo continuó, más o menos disimuladamente, mientras él ya ejercía de presidente: el local de Muface, patrimonio público escandalosamente dedicado a la prostitución sin que a nadie del organismo ni del Gobierno le pareciera llamativo, seguía a nombre de Sabiniano hasta que renunció voluntariamente a él en 2022, cuando el yerno cumplía casi un cuatrienio en La Moncloa y seguía pontificando contra la prostitución.

A todo ello se le añaden las certezas y sospechas de que en esos antros, llamados eufemísticamente «saunas» para lograr una licencia que con su verdadera actividad nunca hubieran conseguido, se pusieron escuchas para recabar información de determinados clientes y, llegado el caso, usarla para extorsionarles, en una larga y siniestra historia paralela donde aparecen, por distintos intereses, nombres como los del comisario Villarejo, la fontanera Leire Díaz o hasta el hoy ministro Óscar López.

Ante todo esto, Sánchez no solo ha sido incapaz de dar una explicación medio razonable que le permita aspirar a la indulgencia de los ciudadanos, sino que ha ido confirmando por acción u omisión cada episodio e, incluso, ha mentido con descaro para intentar taparlo: dijo no recordar si el padre de su mujer le financió sus aspiraciones políticas, falseó la actividad de los locales haciendo ver que se dedicaban a a otras cosas a sabiendas de que allí se mercadeaba con carne humana, se negó a desmentir que él mismo viviera en inmuebles comprados con dinero sucio y escondió, directamente, que hasta hace dos días el más lúgubre de los locales seguía a nombre de su suegro, a más inri un establecimiento de titularidad pública.

Cuando Feijóo le interpeló en el Congreso por este asunto, dio un paso necesario e irreversible que debe llegar hasta el final: lo terrible no es preguntarle a Sánchez por este asunto, que como tantos otros le obligarían a dimitir en cualquier país serio, sino que sea cierto y él se crea con la impunidad suficiente como para esconderlo mientras se permite, además, presentarse a sí mismo como heraldo de la heroica lucha contra un negocio del que él se ha beneficiado.

Si Sabiniano era un proxeneta, él no ha estado muy lejos de esa condición, a titulo lucrativo, por cínico silencio y quizá por interés o deuda histórica. En todos los casos. Una vergüenza. Y otra razón más, y ya hemos perdido la cuenta, para que se marche a su casa con la cabeza gacha.

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