Fundado en 1910
Pecados capitalesMayte Alcaraz

¿Estamos tontos? Sí

Lo damos todo por normal. Que se haya liquidado el juego limpio, que Sánchez haya terminado con los consensos, que nos dividan para vencer –ellos–, incluso que un haragán político como Patxi López insulte al exjefe del Gobierno y le cambie como referente de su partido por Bad Bunny

Pues sí, presidente, estamos tontos. Preguntaba Felipe González en el Ateneo por el blanqueamiento de los proetarras de Bildu por parte de su (todavía) partido y por la normalización que hemos hecho de esos pactos, y la respuesta es que sí, que estamos tontos, pero muy tontos. Rematadamente tontos, Felipe. Y anestesiados. Porque no queremos reconocernos corrompidos moralmente. En cualquier país de nuestro entorno acercarse a un partido cuyas manos no soportarían la prueba balística de la parafina convertiría al Gobierno en material de desguace. Aquí a los herederos del terrorismo los elevan a partido de poder, como se ufanó Aizpurúa el miércoles en el Pleno. Tampoco es que dar carta de naturaleza a los acuerdos con un forajido del Tribunal Supremo por delitos gravísimos contra nuestra nación sea una distinción de clase democrática. De que todo esto ocurra ante nuestros tontos ojos de sociedad dormida, ya se ha encargado la izquierda, carente de valores morales.

Y la lista de pruebas a esa suicida indulgencia es larga: acoso a la justicia, media familia y la manos derecha del presidente del Gobierno investigados por corrupción, señalamiento de periodistas para amordazarlos, colonización de las instituciones para convertirlas en chatarra ideológica, consolidación de la mentira pública como herramienta de comunicación, alineamiento con dictaduras, insolvencia gestora ante la concatenación de desgracias naturales y ante el colapso doloso de nuestras infraestructuras y mantenimiento de un Gobierno sin presupuestos, rehén de las fuerzas separatistas que quieren descuadernar España. Todo eso nos pasa, presidente González, sin que ocurra nada en las calles, más allá de las denuncias de algunos medios que consiguen mantener izada la bandera de la libertad a riesgo de que nada menos que el titular del Poder Ejecutivo los estigmatice en la tribuna del Congreso.

Te das, Felipe, una vuelta por el mundo y ves cómo a Macron sus clases trabajadoras le montan una manifestación por la mañana y otra por la tarde, cómo a Starmer le está cayendo la del pulpo por la connivencia de algunos de sus conmilitones con el pederasta Epstein (aquí tenemos al beneficiario a título lucrativo de un negocio de prostitución y ahí sigue) o antes pusieron de patitas en la calle a su primer ministro Boris Johnson por tomarse unas birras en plena pandemia. Hasta al temido Netanyahu sus conciudadanos le reclaman en las calles que deje de poner la bota sobre la justicia. Trump, el malo de esta película, también tiene que ver cómo miles de compatriotas le reprochan con protestas la incalificable intervención de los ICE contra los inmigrantes. ¿Y qué pasa aquí? Nada. ¿Por qué? Entre otras cosas porque nuestros sindicatos de clase son unas plataformas pastueñas, regadas de millones de nuestros impuestos, que tienen bien llenas las neveras de sus gerifaltes, liberados del mono de obrero desde que llevaban pantalón corto. ¿Y por qué más?: porque gran parte del periodismo español atiende a las consignas de Moncloa para seguir manteniendo sus sueldos y los magros resultados de sus sociedades mercantiles.

Se nos va la fuerza en los bares junto a la espuma de la cerveza quejándonos por la borrasca Leonardo o Marta, y tenemos un vendaval moral, que se va a llevar por delante la España que queremos, y solo nos preocupa –a la inmensa mayoría– la cañita del fin de semana, las series de Netflix y que el partido lo echen en abierto en la tele. Felipe González denunciaba en el mismo foro que tenemos un problema estructural con la vivienda, que inexplicablemente cinco años después de la pandemia es necesario todavía un escudo social, que nuestros datos de pobreza infantil son sonrojantes, y que España no funciona, y la prueba es Adamuz. Pero eso es muy aburrido: dónde va a parar comparado con los posados de Rufián a lo varón dandy.

Lo damos todo por normal. Que se haya liquidado el juego limpio, que Sánchez haya terminado con los consensos, que nos dividan para vencer –ellos–, incluso que un haragán político como Patxi López insulte al exjefe del Gobierno y le cambie como referente de su partido por Bad Bunny. Claro que Felipe incurre en contradicciones, y durante su larga gestión tuvo oscuros tirando a negro, pero eso no justifica el servilismo de los palmeros de quien nunca ocupará en los libros de historia el lugar que sí tendrá el exdirigente sevillano. Era el 'dios', como le llamó el desaparecido Txiqui Benegas porque ganaba elecciones con mayoría absoluta una tras otra, porque colocó a España en el concierto de naciones europeas con poder y porque dejaba que la disidencia conviviera en el PSOE con libertad –no olvidemos que su propio vicepresidente encabezó una de las corrientes críticas. Hoy, los mitos socialistas se debaten entre Bunny y Sánchez, y Felipe ha pasado a ser un «ultra» porque no compra lo de la amnistía y la destrucción de su partido.

Y mientras tanto, la derecha a la greña en Extremadura y a la cervecita del sábado. Poco nos pasa, Felipe.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas