Mónica García, una médica contra los médicos
Mientras la «jefa» de Sumar aboga por las 35 horas, a los médicos se les sigue imponiendo 60 y 70 y ni siquiera la hora extraordinaria computa para la jubilación. Muy «poco progre» este Estatuto pergeñado por Sumar
Mónica García dice estar muy contenta con el nuevo Estatuto Médico que ha pactado con sindicatos amigos, como Comisiones Obreras y UGT, entre otros. Pero los médicos, en teoría sus compañeros, están que trinan. Llama la atención que estas dos centrales generalistas secunden una norma que rechazan de pleno los sindicatos más representativos del sector. No sé qué sabrán los mandados de Unai Sordo y Pepe Álvarez de las necesidades de los doctores, cuando la mayor parte de los negociadores con MédicayMadre llevan liberados desde que dejaron de tomar potitos. Si hay que elegir entre unos y otros, lo más razonable es ponerse del lado de aquellas organizaciones que sí están integradas por facultativos, que se cuelgan el fonendoscopio, tratan con pacientes, saben de las carencias en consultorios y hospitales, y se visten con bata blanca.
No sorprende que García, una alumna aventajada de Yolanda Díaz –con tantas ganas como ella de ver sus fotos en los periódicos y con la misma falta de lecturas–, se haya deslizado por una pendiente que margina a los propios médicos de su Estatuto Marco. De hecho, mientras la «jefa» (por el momento) de Sumar aboga por las 35 horas, a los médicos se les sigue imponiendo 60 y 70 y ni siquiera la hora extraordinaria computa para la jubilación. Muy «poco progre» este Estatuto pergeñado por Sumar. Curioso que Yolanda no haya dicho ni media palabra: lo mismo ha ocurrido con los maquinistas ferroviarios, que convocan una huelga para defender su seguridad y la de todos los que viajamos en tren, y resulta que la ministra de Trabajo les abronca. Que hagan uso de su derecho constitucional a la huelga le parece fatal porque rompe el relato del Gobierno. Derechos laborales… depende de quién los ejerza.
Es cierto que hacía falta una nueva ley para regular una profesión que es fundamental para nuestra salud y nuestra propia supervivencia. Pero hacerlo contra la opinión de los afectados es un dislate al que solo se atrevería alguien como la ministra de Sumar. Ninguna de las reivindicaciones profesionales se ha tenido en cuenta: ni se han reducido suficientemente las jornadas de trabajo ya que se perpetúan las de 17 horas, ni se ha hecho una clasificación de los grupos profesionales en razón a la capacitación; se les ha marginado en el asunto de la movilidad forzosa y siguen teniendo un marco discriminatorio con las incompatibilidades.
Ahora los médicos están presionando en Bruselas para que allí se evite este trágala de MédicayMadre que destina la mayor parte de su tiempo remunerado a hacer oposición a Isabel Diaz Ayuso. Bien es verdad que la propia titular de Sanidad no necesita más enemigos que ella misma para derrapar en la vida política, a la que se dedica desde 2015 directamente llegada de las mareas blancas por la sanidad pública. Porque Mónica tiene la rara habilidad de que cuando habla sube el pan. De lo más gordo que tiene en su debe, es haber tapado a Íñigo Errejón cuando ya había muchas denuncias gruesas de mujeres contra su portavoz. Por no citar cuando, en plena pandemia, apuntó simulando que disparaba con su mano al consejero del PP, Javier Fernández-Lasquetty. Pero lo mejor vendría después: justificó el gesto en los problemas de artrosis que padecía, para luego reconocer que su feo comportamiento no se debió a razones médicas, sino a su irrefrenable vehemencia. Porque lo escandaloso de Mónica suele residir no solo en lo que hace o dice sino en cómo lo justifica.
Así sucedió también el día que la Asamblea le tuvo que notificar que devolviera 13.000 euros cobrados indebidamente como diputada autonómica, mientras estaba de baja como galena por un problema en un brazo. Desde 2015, la portavoz de Más Madrid había compatibilizado su escaño parlamentario con su trabajo como anestesista en el Hospital 12 de Octubre, hasta que fue pillada y pidió la excedencia para dedicarse enteramente a Madrid. De nuevo, excusó que no se había dado cuenta de que no podía percibir simultáneamente dinero público de la Asamblea y de la Seguridad Social. No tuvo, desde luego, los problemas económicos que hoy denuncian sus compañeros, que han empeorado sus condiciones laborales sin que su colega haga nada por evitarlo.
Su pobre balance como ministra pasa por haber aprobado una sola ley –la Agencia Estatal de Salud Pública–, haber generado varias huelgas y protagonizado continuas broncas con los médicos. El colofón: la reciente dimisión de Celia Gómez, la responsable del Estatuto Marco y del nuevo MIR, uno de los más polémicos en los más de cincuenta años con que cuenta la prueba. Lo ha justificado por «razones personales» pero lo cierto es que, conociendo el buen ojo de García, parece un perfil hecho a su medida. No parece la amiga de Yolanda la mejor ministra para restaurar la paz en una profesión a la que hay que apoyar y no solo aplaudir desde los balcones para salir en el telediario.