Aplaudir la abyección
Sánchez ha decidido acabar muy mal, no solamente mal. Por eso quiere aferrarse al poder hasta el último día, y ya veremos si incluso más. A ver lo que queda en pie. El PSOE seguro que no. Miremos el lado bueno
Ley de hierro del socialismo español: si uno de los suyos cruza todos los límites de la ética, de la estética, y aun del Código Penal, recibe una cerrada ovación en el Congreso de los Diputados. Así Marlaska antier. Así Ábalos antaño. Las ovaciones que se dan los socialistas todavía resultan sonoras. Exhibiendo un lamentable retraso con respecto a los países de nuestro entorno y tal, los socialistas siguen ahí encaramados. Su caída en la insignificancia, que es inexorable pues los tsunamis no perdonan nada, tardará un poco más.
Se supone que como columnista debería apuntar alguna explicación, al menos en apariencia, para este desfase, para esta pervivencia de parque jurásico. Pues no. Búsquenla bajo otra firma. La sinceridad es importante: si me obligaran, si esto fuera uno de los muchos exámenes que debí superar en mi infancia, adolescencia y juventud, improvisaría diez explicaciones. Quince. Pónganme a prueba. Y resultaría convincente. Pero no las creería. Porque si algo hay increíble en este mundo es lo de las últimas elecciones generales, cuando constando la calaña de Sánchez y su banda, siete millones de votantes gritaron «¡Vivan las caenas!»
Y aunque no ganaran las elecciones, la banda sí ganó la investidura, lo cual fue legal y legítimo. La ilegitimidad vino después, con el ejercicio. No quiero fatigar la columna con este asunto; mencionaré solo la amnistía y el atajo para liberar etarras con las manos manchadas de sangre y orgullosos de sus crímenes. Aquí cabe plantearse quién merece mayor reproche: los políticos del PSOE o sus votantes. Descuento, por supuesto, a los votantes que por fin han rebajado los siete millones según nos cuenta la demoscopia con insistencia convincente. Y que no son pocos.
No sé quién merece mayor reproche. Hoy no sé nada, parezco Yolanda Díaz. Venga, me arriesgo: uno entiende que los diputados del PSOE que aplaudieron a rabiar a Marlaska, más rato que si estuvieran ante Sydney Sweeney (que es lo único que yo aplaudiría dos minutos, sin necesidad de que ella hiciera nada), tienen sus necesidades, que la vida no es fácil, que no todo el mundo tiene tanta salida en el mercado como los díscolos del PP de Madrid, que estaban ahí perdiendo dinero y ponen su dignidad por encima de cacicadas. Hay que pagar el cole de los niños, las vacaciones, hay que pagar tantas cosas.
Vale, vale, pero con aplaudir diez segundos cumples con creces. Los dos minutos, y la emoción ante el que ha escondido una cerdada (le aplaudían por eso, ¿no?) nos trasladan al campo de la auto humillación, de la degradación voluntaria y alegre. Así que un poco ya me he pronunciado sobre el ranking de contribución a la catástrofe, que es hacia donde se dirige todo esto. Sánchez ha decidido acabar muy mal, no solamente mal. Por eso quiere aferrarse al poder hasta el último día, y ya veremos si incluso más. A ver lo que queda en pie. El PSOE seguro que no. Miremos el lado bueno.