Tú eres 'therian' y yo pez espada
Al fondo del debate está el estúpido transgenerismo convertido en ley
No hace mucho dije en televisión que yo me sentía pez espada. Y pedí respeto para los peces espada. Antes había salido alguien que se declaraba cenicero, o mujer, con pinta de descargador de muelles en Baltimore y sin ningún cambio con respecto a su sexo original: se seguía llamando Manolo, tenía la pinta de Manolo y le gustaban las chicas como a Manolo.
Y le llamaron fraude, aunque no lo era: la ley transgénero vigente en España permite que un tío con gustos, nombre y aspecto del tío que era y sigue siendo pase a ser una mujer, sin otro requisito que ir al Registro Civil a inscribirse con su nuevo sexo y ratificarse seis meses después: no tiene que hacer nada ni demostrar nada, y si se duda de su nueva condición se comete un delito. Él, o ella, no era un fraude a la ley: la ley es el fraude.
Ahora los 'therian' en cuestión, los de verdad y los que van a televisión a reírse del personal, reivindican su condición de perro, gato o pingüino de Humboldt, en una versión cutre del mito del hombre lobo, del Centauro o de las sirenas: seres humanos convencidos de que son animales, o con la capacidad de vacilar al respecto aprovechando que se han borrado todas las barreras legales y morales y, ante el miedo a que te llamen carca, se legisla en favor del desvarío.
Solo pasa en Occidente, cuyo bienestar construido con esfuerzo y mucho tiempo va a acabar desvaneciéndose por la imbecilidad que afecta a todas las civilizaciones imperiales con el paso de los siglos, cuando se dejan invadir por los medievalismos o la pereza en nombre de una libertad pisoteada con su complicidad.
Pasa con el burka, cuya prohibición genera golpes en el pecho en las mismas cuadras que no tienen problema en denunciar un heteropatriarcado ficticio, pero respaldan uno real si lleva turbante. Y también con el género, al que llaman 'constructo social' para transformar en derecho fundamental un cuadro médico necesitado de asistencia psicológica urgente: son tan imbéciles que aprueban el cambio de sexo a las mismas edades en que intentan prohibir el uso de las redes sociales, que es como impulsar el consumo de drogas pero abolir el de tigretones.
En ese espacio de indigencia moral se ubica la proliferación de los 'therian' de las narices, a quienes habría que obligarles a vivir como animales para salir de dudas y decidir si lo suyo es de juzgado por hacernos perder el tiempo o de diván por si están mal de la cabeza. No hay una opción intermedia, y una sociedad que no sabe tratar ni al loco ni al tonto está condenada a enloquecer y atontarse ella misma.
Al fondo aparece un asunto mayor y más delicado: la extendida creencia de que uno tiene derecho a ser y a tener todo aquello que quiera, como si no existieran límites para el ser humano y la voluntad fuera suficiente para merecerlo. En los casos anteriores, ese deseo tiene una manifestación vistosa e hilarante, pero nacen del mismo rincón borroso en el que, por ejemplo, se reivindica la paternidad, como si fuera un derecho y se tuviera la obligación pública de atenderlo en cualquier circunstancia.
Y tampoco: no se puede ser el perrito Lassie o el delfín Flipper, pero tampoco alquilarle el vientre a una pobre para que la parejita infértil o gay tenga descendencia comprada. Y a quien le moleste la opinión, que recuerde que está hablando con un pez espada, y tenemos derecho a la libre expresión.