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Perro come perroAntonio R. Naranjo

La única mujer que ha mejorado es Begoña

El héroe del feminismo no puede ser alguien que promociona a su esposa, se aprovechó de un proxeneta, mira para otro lado con la delincuencia y llama mujer a un estibador con barba

Las mujeres son tu madre, tu abuela, tu tía, tu hermana, tu hija, tu esposa, tu amiga, tu nieta, tu sobrina, tu compañera de trabajo. Es una obviedad, pero conviene recalcarlo ahora que el feminismo institucional, un negocio político y económico casposo, difumina esa identidad, la mete en un saco común igualitario asfixiante e intenta decirle a ella cómo debe pensar, qué tiene que sentir, de qué manera debe comportarse, a quién debe parecerse, por quién tiene que dejarse representar y, por supuesto, qué tiene que votar.

No le cojamos manía al feminismo por el coro de hiperventiladas ociosas que se pone al frente de la pancarta, por las tonterías que cacarea, por los silencios que guarda, por los enemigos que busca, por los daños que genera, por las mentiras que encubre, por los negocios que hace y por el conflicto que busca: solo hay que pensar en las mujeres de nuestras vidas, en sus vidas y problemas, en su historia y su día a día, para no caer en la trampa que tienden, que es olvidarlas a todas y que todas parezcan Irene Montero, Ana Redondo, Sarah Santaolalla, Ione Belarra o cualquiera de las vividoras de una causa que explotan pero no defienden ni entienden.

La mezcla entre el feminismo feminoide y todos los delirios transgénero imaginables ofrece cada 8M estampas insólitas y provoca una inevitable reacción: oyendo a tanto lerdo, la mujer parece siempre enferma, débil, incapacitada o tonta. Y por supuesto necesitada de que ellas, o el superhéroe Sánchez, la rescate de las garras del heteropatriarcado.

Toda esa caterva no ha tenido un hueco para denunciar lo que sí es denunciable, con los datos en la mano: que las violaciones se han disparado, el paro femenino sigue siendo de los peores de Europa, la conciliación entre el trabajo y la familia es cada vez más dolorosa, la inseguridad no disminuye y los crímenes tampoco y que, a todo eso, se le añade un paternalismo político similar al de otras épocas. Ya piensan todos ellos por ellas, para qué van a decir lo que necesitan y piensan si ya estamos nosotros para decidirlo.

Y se junta un cinismo insuperable. Nadie ha denunciado que el líder del PSOE inició su carrera política con la ayuda de un suegro proxeneta y no es capaz de desmentir que le financiara las primarias; que en su entorno han proliferado casos de acosadores sexuales y usuarios de prostitutas; que sus aquelarres legislativos solo han servido para auxiliar a delincuentes sexuales o para que un estibador con barba pueda ser legalmente mujer y que, estadística en mano, ser hoy mujer en España es más duro, difícil y peligroso que hace ocho años.

La izquierda orgánica nunca ha sido ni progresista ni feminista ni en realidad democrática desde Largo Caballero hasta nuestro tiempo, con la única excepción temporal de Felipe González, un hombre práctico que entendió su momento y antepuso las necesidades de España a los axiomas propios.

Nada tiene de progresista ni de feminista estabular a la ciudadanía por segmentos uniformes que niegan la única diversidad universal, que es la que distingue a cada ser humano del otro, mientras se apuesta por ingeniería de género y se presenta todo el mundo como víctima de algo o de alguien para adoptarla a cambio de un voto. Y nada tiene de democrático tratar al adversario de enemigo y a quienes votan a otro en una especie de infraser de poco valor, digno de ser aislado tras un muro.

A la única mujer a la que le ha ido mejor con Sánchez y su Coro Rociero, en fin, es a Begoña Gómez. Al resto, de izquierdas, de derechas y mediopensionistas, todo se les ha torcido otro poco, y ya llovía sobre mojado.

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