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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Zapatero y la ONG Bildu

La verdadera historia del fin de ETA no incluye ni a Zapatero ni a Sánchez

Zapatero ha reivindicado a Bildu y a sus votantes, cinco minutos después de que Susan Sarandon se solidarizara con las madres y esposas de los terroristas encarcelados y cinco antes de que Arnaldo Otegi cerrara el círculo y, junto a los otros dos, se presentara a sí mismo como un arquitecto de la paz.

El espectáculo, que mezcla interés e ignorancia, coincide en el tiempo con la ofensiva de los tertulianos del régimen para presentar a Zapatero, un intermediario con más cara que espalda, como el artífice del fin de ETA, una mentira repugnante que humilla, para empezar, la memoria de las víctimas: fue su sangre, en primer lugar, la que ahogó a la banda terrorista e hidrató durante décadas al Estado de derecho.

La patraña obedece, ante todo, al deseo de blanquear una evidencia científica y una verdad moral incontestables: que Pedro Sánchez le debe el cargo, además de a un prófugo y a un indultado, a un terrorista que pasó el día en la playa, con la familia, mientras sus amigos ejecutaban a Miguel Ángel Blanco y casi toda España lloraba.

Para intentar adecentar lo indecente, no queda más remedio que esconder el pasado salvaje de los socios, inflar su acomodo a la democracia para que lo rutinario parezca heroico y esconder la certeza de que el proyecto político de ETA consigue más que nunca, después de ser derrotado, por las necesidades parlamentarias de un inmoral codicioso: dejar de matar no merece un premio, y la participación en el juego democrático no incluye la asociación con quienes, a estas alturas, ni condenan los crímenes ni renuncian a los mismos objetivos que los matarifes, incompatibles con lo que un presidente digno debe defender.

La reescritura torticera del pasado siempre es una amenaza para el futuro, y no hay más que ver a la lerda de Sarandon convirtiendo a las familias de los criminales en las de las víctimas, como si las fotos que ella vio en el País Vasco fueran las de las Madres de Mayo buscando a sus hijos desaparecidos y no las de miembros de ETA con asesinatos a sus espaldas.

La duda de si en la actriz actúa la mala fe o la incultura queda despejada en el caso de Zapatero, sus secuaces y sus heraldos, donde se concierta una combinación de ambas con mayor proporción de la primera.

Porque el lobista, que parece orientar una parte de la política exterior de España, con un mimetismo sospechoso entre sus intereses económicos y los volantazos diplomáticos de Sánchez en China, Marruecos, Venezuela o quién sabe si hasta en Guinea o Irán, no solo no acabó con ETA, sino que le dio una inmortalidad política al pagar un precio por algo que iba a hacer gratis e involuntariamente: desaparecer.

Lo dicen los hechos pero, por si hay alguna duda, también lo dijo el último jefe de la organización, David Plá, ahora integrado en la dirección de Sortu, que es la Batasuna disfrazada de Bildu para disimular y que todo el sanchismo blanquee la dependencia de unos matarifes: se fue a TV3, la catalana que ejerce allí como TVE en toda España: aunque Zapatero les había hecho promesas, la derrota del PSOE ante Rajoy y el rechazo de éste a esos acuerdos no del todo conocidos les llevó a disolverse antes de la derrota provocada por la sociedad española en su conjunto, con policías, guardias civiles y militares en primera línea de fuego.

Zapatero encareció un producto gratuito, dio dignidad a una derrota por aplastamiento, sembró la semilla que Sánchez regó para encamarse con Otegi y evitó que el fin del terrorismo se escribiera con la justicia histórica exigible, la justicia debida y la honra imprescindible para los muertos: hoy los nietos de los etarras no sienten vergüenza por sus abuelos y los de las víctimas no sienten el afecto que merecen. Y no hay cretina americana, por buena actriz que sea, ni expresidente español, por mucha cara que tenga, que pueda adecentar esa ignominia.

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