La verdadera historia del estriptis socialista
La foto de un chaval mordiendo un tanga resume la esencia de Sánchez
La imagen de un concejal del PSOE quitándole a mordiscos el tanga a una chica no le ayuda, precisamente, a librarse del estigma sórdido que persigue al partido entre Ábalos, Tito Berni, Paco Salazar y por supuesto las saunas de Begoña Gómez, el más grave de todos los bochornos: tenemos a un presidente que ha acumulado patrimonio y seguramente rentas de alquiler, vía marital, con la explotación sexual de hombres, mujeres y jovencitos y que, además, ha sido consciente de que en esos antros se instalaban escuchas para extorsionar a sus clientes.
Pero aquí como quien oye llover y aún hay que aguantarle pontificando contra la prostitución y la pornografía, que es como si tuviéramos que tragarnos a Putin perorando de pacifismo, a Hamás de derechos humanos o a Óscar Puente de modales: ningún exceso de ningún socialista puede superar los perpetrados, conocidos o aprovechados por Sánchez en este ámbito y en cualquiera: de Ábalos y Cerdán sacó la Secretaría General y los pactos nefandos para ser presidente, y a nadie puede reprocharle nada mientras tiene a su esposa y a su hermano imputados y los vapores de las saunas llegan hasta el último rincón de La Moncloa.
Volviendo a esa foto, lo tentador es meterla en la misma estantería donde ya están colocados los demás y así lo ha hecho buena parte de la prensa: otro socialista guarro más, y punto. Pero no es así y, en realidad, representa la catadura moral del sanchismo, su falta de escrúpulos y su alma caníbal, capaz de devorarlo todo con tal de conseguir un premio estrictamente personal.
La escena es indecente, sin duda, pero es de hace doce años, ocurrió en un concurso de las peñas de Alcalá de Henares, con público, y pertenece a ese tipo de eventos que no hace tanto se celebraban por toda España con la excusa de las fiestas del pueblo de turno: no es una excusa, pero sí le da contexto. Un contexto distinto al de todos los puteros y acosadores que hemos conocido, en concreto.
La cuestión es que ese «evento» era conocido, que la fotografía ya había sido publicada y que nada de eso le impidió al diputado sanchista Javier Rodríguez Palacios, a la sazón jefecillo del PSOE local, incorporar a su lista al protagonista, hacerle concejal y darle la Secretaría de Organización del partido.
Solo después, cuando el niño se hizo mayor y se postuló para relevarle a él, el típico funcionario político que convierte una dedicación efímera en una oposición y se aferra a los cargos porque afuera hace frío, Palacios se acordó de aquella foto y de repente le pareció escandalosa: lo suficiente para intentar cargarse a su adversario, con juego sucio, y mantener el control del partido a las órdenes de sus patrocinadores, Pedro Sánchez y Óscar López.
Una vez más, en fin, vemos la identidad moral del sanchismo reflejada en el comportamiento de un sanchista de estricta observancia que, como su jefe, antepone el control del partido a su eficacia pública: les da igual perder en Aragón, Extremadura, Castilla y León o Andalucía si mantienen el control y evitan que la disidencia prospere.
Porque explotar esa foto equipara a Rodríguez Palacios con Leire Díez, con su cloaca para cargarse a fiscales o guardias civiles incómodos. Y porque lo hace, como su amigo Sánchez, para hacerse con el poder a cualquier precio, pisoteando los deseos de las urnas, sean los de los ciudadanos o los de los militantes.
El tal Palacios no quería defender a las mujeres: le importaban lo mismo que a su patrón las andanzas de su suegro y de su esposa, sin las cuáles él no hubiera vivido y veraneado durante lustros en Pozuelo y en Almería y quizá no hubiese podido presentarse a las primarias con tan sucio patrocinio, nunca desmentido. Solo quería cargarse, en un callejón oscuro, a un aspirante a relevarlo.
Y como no lo había logrado y le iban a echar a él, forzó su dimisión, para que Óscar López y compañía nombraran una junta gestora y ambos, al servicio de Sánchez, tengan la oportunidad de seguir controlando el partido, aunque sea contra sus seguidores y contra los ciudadanos. Nada hay más sanchista que esa combinación de trampas, amoralidad, navajazos y cinismo.
Pero tendría gracia que lo que empezó en una sauna termine con un estriptis: quizá estemos viendo la primera revuelta formal y organizada en el PSOE, más allá de Page y Felipe, y el cinismo del porquero complutense acabe por prender el fuego contra su Agamenón de medio pelo.