Se creen sus propias trolas
Para poder mentir con soltura, muchos políticos, y de manera destacada ese que están imaginando, se instalan en el autoengaño
Leyendo un artículo de Daniel Finkelstein, un columnista inglés que siempre te enseña algo, me entero de que a comienzos de este mes se ha muerto el genio locuelo Robert Trivers, considerado el padre de la psicología evolucionista moderna. Ha durado 83 años, mucho para un tipo que gustaba de bailar en el filo de la navaja y que de manera indicativa tituló sus memorias Una vida salvaje.
Bob Trivers padecía un trastorno bipolar, que marcó su existencia. Tras dejar boquiabiertos a los sabios de Harvard con su impresionante fogonazo de creatividad juvenil entre 1971 y 1975, se pasó parte de su vida en Jamaica, dándole a las drogas recreativas y las peleas. Cultivó además amistades peligrosas, desde los Panteras Negras hasta Jeffrey Epstein, que financió algunas de sus últimas investigaciones. Con todo, cuentan que en sus últimos días se serenó y que le encantaba ejercer de abuelo de su extensa prole de nietos.
Psicólogo y biólogo, nacido en Washington e hijo de un diplomático relevante, la revista Time lo eligió en su día entre los pensadores científicos más importantes del siglo XX. Steven Pinker, exagerando, lo consideraba «uno de los grandes de la historia del pensamiento universal». El problema es que a veces se le iba la pinza, como cuando un periodista que había acudido a entrevistarlo a Jamaica le preguntó por el suicidio y Trivers sacó un revólver y le contestó que iba a meditar allí mismo si procedía a ello.
El mérito que se le concede a Trivers es que resolvió algunos dilemas en los que Darwin se había quedado atascado en su teoría de la evolución. Para el naturalista inglés, el ser humano solo actúa movido por su afán de supervivencia y el de su especie. ¿Qué pasa entonces con las acciones altruistas? Darwin no ató ese cabo. ¿Por qué cooperamos con gente con la que no estamos relacionados? En sus sonados ensayos de 1971, que se le ocurrieron observando a las palomas desde su ventana de Harvard mientras fumaba hierba, Trivers respondió que el altruismo responde al interés. Algo tan sencillo como el famoso «hoy por ti, mañana por mí». Ayudar a alguien sería una inversión que se espera cobrar de algún modo.
La humanidad evolucionaría por tanto mediante una cadena de favores recíprocos. Pero Trivers se detiene en un factor más: la mentira. Muchísimas veces ganamos a los demás con embustes de diverso calibre, lo que genera una batalla constante entre el engaño y la detección del mismo. ¿Y cuál es la gran arma que emplea el mentiroso serial para que no lo pillen? Pues el autoengaño. Es decir: creerse sus propias mentiras, engañarse a uno mismo para poder engañar a los demás. Mentir no es a priori tan fácil. Se puede notar en el tono de la voz, en la sudoración, en la mirada… Así que el método más sofisticado para que no perciban nuestras mentiras es creérnoslas. Eso explicaría algunas declaraciones desconcertantes de Trump, cuando suelta con idéntica rotundidad unos asertos que son contradictorios entre sí.
En España vivimos un ejemplo extremo del mecanismo que describía el pensador estadounidense. Estamos a las órdenes de un político que perdió las elecciones generales –y las tres últimas regionales– y que vive instalado en el autoengaño. La patología de Sánchez –y de los que lo siguen con la fe del carbonero, o por puro interés– radica en que se cree sus propias mentiras, a fin de poder colocárselas al público con una efigie de acero inoxidable. Por eso puede decir con la misma seguridad y sin despeinarse que «con Bildu jamás» y que lo que diga Bildu. O «no a la amnistía» y «sí a la amnistía» con solo tres semanas de diferencia. Por eso se atreve a negar con una cara dura que nos asombra los escándalos de corrupción de su familia y su fiscal. O puede declararse «orgulloso de España y de ser español», como hizo esta semana en el Congreso con una larga salva de aplausos de su bancada, cuando lo cierto es que él y su partido están vendiendo al país a trozos en el mostrador de los separatistas para que el presidente no votado viva un mes más en palacio.
Trivers concluía sus estudios señalando que el autoengaño, el creerte tus propias trolas, tiene el coste de que ofrece una versión errónea de la realidad y el peligro de que puede extenderse a un grupo. También sostiene que a la larga los tramposos serán castigados y dejarán de ser receptores de acciones altruistas.
Es curioso como se ajusta a todo esto a aquello que hemos dado en llamar «sanchismo». La izquierda española cultiva el autoengaño con tal tenacidad que ha acabado por negar el principio de realidad. Ya no cabe debatir con ellos sobre hechos concretos, porque un molde ideológico preconcebido e inmutable se antepone a las evidencias empíricas. Por eso el diálogo, que a priori siempre es positivo, se ha tornado en este momento imposible. No hay nada de que hablar con una gente que dice que 2+2 es igual a 5, como en el Gran Hermano de Orwell. No se puede negociar nada, ni hacer favores, a quien vive en la escapada del autoengaño. Solo cabe derrotarlos e intentar curar a España del mayor daño de esta etapa, que es la aceptación de la mentira como una práctica homologable cuando conviene al interés del autócrata.