Las lecciones del boxeador Reyes
Este señor, que vive de dar mamporros en el ring, hace gala de un sentido común y una clarividencia política que barre a la de nuestros actuales mandatarios
Si andas un poco despierto por la vida enseguida intuyes que el comunismo no funciona. Mi primer pálpito de que aquello era un truño me llegó de niño, con una anécdota menor. La TVE en blanco y negro, la única cadena que existía, ofrecía los habituales dibujos animados estadounidenses: Bugs Bunny, Pixie y Dixie, Correcaminos… Pero también emitía algunos del Este de Europa, del otro lado del Telón de Acero. Se trataba de unos dibujos checos, que las personas con veleidades izquierdistas recomendaban como «muy educativos». Sin embargo, los críos no aguantábamos aquel muermo y preferíamos mil veces los del vil capitalismo americano.
Poco después, también en mi infancia, llegó a nuestra casa en La Coruña un hombre de carne y hueso venido del misterioso y lejano Este comunista. Una empresa de mi padre llevaba la representación para Galicia de los motores marinos de la casa Skoda y los checos enviaron a un ingeniero a modo de embajada y asesoría. El hombre, apellidado Janeska, no hablaba ni papa de español, ni de nada. No sé cómo se entendían mis padres con él y viceversa, pero durante dos días comió y cenó en nuestra casa en unas veladas que resultaron de lo más afable y animado. Mientras zampábamos, yo estudiaba con curiosidad a aquel rubio y exótico personaje, mientras él se ventilaba el Ribeiro como si fuese agua de manantial. Me llamaba la atención la pinta camp del ingeniero Janeska, con una vestimenta y unos zapatos muy anticuados para lo que se estilaba aquí y con su corte de pelo marcial. Por segunda vez en los inicios de vida me embargó una tenue sensación de que aquello del comunismo no debía ser muy allá.
Con los años y las lecturas aprendí la verdad del comunismo, la ideología más letal de la historia en número de muertos y que siempre acaba igual: miseria y opresión. Ahora que estoy ya más cerca de la tumba que de la cuna puedo decir que jamás me he topado con una persona que haya vivido bajo un régimen comunista y me haya hablado bien de él. Todo aquel que ha probado el paraíso del proletariado echa pestes.
Me acuerdo con cariño de Anxo Guerreiro, al que los próximos llamaban Geluco, perenne líder de los comunistas gallegos desde 1979 hasta 1997, cuando Anguita lo quiso amarrar en corto y él dejó IU. Geluco, nacido en un pueblo de Lugo y muerto en 2013 por una enfermedad renal que sobrellevó con estoica elegancia, gastaba gafas de lupa y un bigotón rubio de morsa. Vestía muy atildado, siempre de corbata, y fumaba como un carretero. Una temporada coincidí con él en una radio nocturna. Al acabar, charlábamos un poco en la puerta. Envolviéndome en sus volutas de humo, una noche me contó que en realidad él tampoco creía demasiado en el comunismo: «Una vez me llevaron a la URSS y como ejemplo de su éxito económico nos organizaron una visita a una fábrica que hacía tornillos y tuercas. Pero los tornillos no entraban en las tuercas, ¡manda carallo! Allí ya me di cuenta de que lo de la economía planificada…», contaba tronchándose él mismo con su recuerdo soviético.
Ayer visitó la redacción de El Debate el boxeador Enmanuel Reyes Pla, medalla de bronce en los Juegos de París, nacido en La Habana hace 33 años y nacionalizado español en 2020. De 1,91 de talla y casi cien kilos de peso, su porte impresiona, pero al hablar con él descubres a una persona muy risueña, aguda y con un sentido común apabullante. Criado bajo la dictadura cubana, por supuesto Reyes abomina del comunismo: «Todo el mundo cobra lo mismo, no hay manera de ir a más. Así que en Cuba el que quiere prosperar roba. Y si te detienen, pues cuatro o cinco años de cárcel, y al salir, pues robas todavía más».
El boxeador explicó algo que no se suele tener en cuenta. Y es que el comunismo no solo empobrece los bolsillos, también causa destrozos en la voluntad de quienes lo sufren: «Al ser Rubio de origen cubano, creo que esta vez sí puede ser que Estados Unidos acabe con la dictadura. Pero las cosas no van a mejorar al día siguiente. Se necesitará tiempo para que cambie la voluntad de los cubanos, porque el comunismo ha acabado con la iniciativa, incluso con las ganas de trabajar. Vas a un bar, pides algo al camarero y casi se molesta de que lo hagas moverse».
Reyes Pla está enojado con el último circo de Iglesias Turrión, nuestro exvicepresidente ficus (curraba menos que la planta de su despacho). Don Pablo se plantó en La Habana para apoyar a la dictadura hospedándose en un hotel de cinco estrellas, el único todavía a pleno rendimiento en la capital. Desde su suite de lujo aseguró que la situación de Cuba no era para tanto. «Es increíble —replica Reyes—, solo con que abriese la ventana de la habitación vería la miseria del barrio de al lado. Si tanto quiere al comunismo, que se quede allá».
Este hombre, un deportista de élite que vive de propinar y esquivar mamporros en el ring, muestra mucha más inteligencia política y sentido común que la ridícula izquierda española, que se receta para sí caviar y besugo y quiere que los cubanos coman pan duro (o ni duro).
También muestra el cubano Reyes más afecto por España que nuestros gobernantes. «He viajado por todas partes y lo puedo decir: este es el mejor país del mundo. No saben ustedes lo que tienen». Completamente de acuerdo. Pero aquí estamos, mangoneados por un PSOE felón con España y por una minoría de xenófobos separatistas que odian la estupenda nación de todos.