En la Cruz, el amor supremo
¿Quién aceptaría un suplicio como aquel pudiendo evitarlo? Nadie
La edad va cambiando nuestra percepción de la realidad. De niños imaginamos el mundo de una manera limpia e ilusionada, porque todavía no hemos perdido el candoroso don de la inocencia. De viejos, con la experiencia acumulada, lo observamos y entendemos en toda su crudeza.
En los países católicos, los niños crecen viendo de manera cotidiana la representación de la pasión de Cristo en cuadros y esculturas. Al menos así sucedía antes de la era de TikTok y la banalización digital. A fuerza de ver muchísimas veces las estampas del Gólgota, en cierto modo se deja de reparar en su detalle, quedándonos solo con el concepto general. Pero con los años te fijas, te detienes en lo que ves, te quedas dándole vueltas. Viendo estos días un paso sobrecogedor en una calle angosta, la imagen de Dios crucificado pasaba tan cerca que en un momento dado contemplamos de frente, con máximo detalle, el enorme clavo taladrando los pies, plasmado con un realismo milimétrico por algún olvidado gran maestro barroco. Dolía verlo.
¿Quién aceptaría un suplicio como el que asumió Jesús por nosotros, pudiendo evitarlo al ser todopoderoso? Cristo aceptó la humillación máxima. Lo traicionó uno de sus discípulos por unas monedas, y otro, en el que había cifrado sus mayores esperanzas, renegó de Él por una muy humana cobardía. El juicio resultó irregular de principio a fin. El Sanedrín se saltó las propias normas judías, interrogándolo en una casa particular, haciéndolo en plena noche, con testigos que se contradecían y resolviendo en la propia jornada.
Siendo el mismísimo Dios encarnado, Cristo recibió tres tipos de burlas, como recoge Benedicto XVI en su magnífico libro Jesús de Nazaret: las de los que pasaban por allí, que se mofaban recordándole que se había proclamado capaz de destruir y reconstruir el Templo en tres días; las de los sacerdotes, escribas y ancianos del Sanedrín, el máximo órgano de los asuntos de los judíos, que lo condenó por blasfemo; y las de los propios insurgentes crucificados a su lado, aunque uno de ellos acabó reconociéndolo en toda su grandeza.
Y por supuesto Jesús aceptó un padecimiento físico aterrador. La pena de muerte por crucifixión, que no se aplicaba a los ciudadanos romanos, estaba pensada para provocar el dolor más extremo y la humillación absoluta del reo. El crucificado sentía durante horas una sensación angustiosa de asfixia, que se unía a los dolores de los clavos, a una sed insoportable y en el caso del Calvario, al calor. Jesucristo lo afrontó todo negándose a aceptar la bebida narcotizante que ofrecían los soldados romanos al comienzo de la crucifixión.
Antes de la propia ejecución, el prefecto de Judea, Poncio Pilato, ordenó la flagelación del acusado, tal vez en la errónea idea de que con ello saciaría la furia del Sanedrín y su vulgo contra un hombre que veía inocente. Fueron más de un centenar de azotes con el flagrum romano, un látigo de tiras de cuero rematado con bolas de metal y trozos afilados de hueso de cordero. Los golpes rasgaban la piel y al tiempo causaban heridas profundas, que desangraban al reo. El dolor era indescriptible. Jesucristo perdió muchísima sangre, a lo que se unió el daño de la corona de espinas. Quedó extremadamente debilitado, de ahí las caídas portando el patibulum de su propia cruz por la Vía Dolorosa. De ahí también que muriese en solo unas horas.
En la cruz, Jesús hubo de ver el dolor de su propia madre y de otras mujeres muy queridas, y el de Juan y otros discípulos, todos desolados ante aquel final que les provocaba una desazón sin consuelo y un cierto desconcierto. Sus primeras palabras en el suplicio no fueron de rencor, odio o venganza: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Bajo el sol de fuego del comienzo de la tarde expiró con un fuerte grito y el propio centurión romano que había dirigido la oprobiosa ejecución reconoció lo que todos los cristianos sabemos: «Realmente este era el hijo de Dios».
Era Dios mismo y jamás podremos agradecerle lo que hizo para redimirnos de nuestra falible condición. Hoy es Viernes Santo y la cristiandad vive su día de luto en la esperanza de la Resurrección. Y todo esto es infinitamente más importante que la política, las fruslerías consumistas, las vanidades de las que nada quedará cuando llegue la hora y los primeros chiringuitos del año en un puente soleado. ¿Quién aceptaría un suplicio como aquel pudiendo evitarlo? Nadie. La Cruz es el amor supremo.