La foto de la camiseta de España
Excluir a modelos blancos por supuesta corrección política, como ha hecho Adidas, no deja de ser una nueva forma de racismo
El racismo, rechazar o hacer de menos a una persona por el color de su piel y sus rasgos físicos, es repugnante. La Iglesia Católica lo considera «un grave pecado que viola la dignidad humana». Los pontífices lo han denunciado en los términos más enérgicos. Cuatro años antes de morir, el colosal Juan Pablo II advirtió en una alocución en Castel Gandolfo que «el racismo es un pecado que constituye una grave ofensa contra Dios». En 2008, Benedicto XVI demandó «acciones firmes y concretas para superarlo». Francisco lo comparó con «un virus que muta y nos avergüenza».
Pero una cosa es rechazar y combatir el racismo, obligado siempre, y otra hacer el ridículo hasta el extremo de acabar generando nuevas formas del mismo.
Si mañana el rubio de ojos azules Ethan Hawke fuese elegido para encarnar a Miles Davis en una película, o si optasen por Cate Blanchett para hacer de Michelle Obama, veríamos manifestaciones del Black Lives Matter en las ciudades estadounidenses. Del mismo modo que algunos activistas protestaron cuando Bradley Cooper encarnó al músico Leonard Bernstein en su sugerente película Maestro –que me atrevo a recomendar–, con el reproche de que el actor no era judío como el carismático director de orquesta.
Sin embargo, la corrección política propicia absurdos como elegir en Broadway a un actor negro –y gay– para que encarne al príncipe Hamlet en el Medievo danés, u optar por el excelente Denzel Washington para que interprete al noble escocés Macbeth. Series de la plataforma de sermón progre Netflix, como los Bridgerton, sitúan a personajes negros o indios en roles que jamás habrían alcanzado en la época en que se sitúa la acción. Lo mismo está ocurriendo en la ópera, o en las artes.
Las cuotas raciales, el «respeto a las minorías» metido con calzador, se antepone a la realidad y al sentido común. En algunas plataformas multinacionales, la corrección política resulta tan atosigante que si te sientas a ver una serie ya sabes que en el primer capítulo te encontrarás con el inevitable personaje homosexual o lesbiana —o con un par de ellos—, con algún chaval con «problemas de salud mental», con una madre soltera y con varias víctimas de bullying y acosos sexuales. Por supuesto las escenas en las que todos los personajes sean blancos quedan proscritas y los cristianos y las familias tradicionales serán presentados como gente represora y un tanto ridícula.
Este absurdo ha llegado a la segunda camiseta de la selección española de fútbol. Adidas la promociona con una foto en la que aparecen cuatro personas: un chaval negro en plan Puff Daddy, una chica y un chico de marcados rasgos árabes y una muchacha negra de llamativo pelo afro. Y ya está. A juicio de Adidas, y sin queja alguna de la Federación Española de Fútbol, resulta que en España no hay un solo blanco, cuando suponemos alrededor del 90 % de su población. Elegir a personas caucásicas como modelos para encarnar lo español por lo visto no queda bien, así que es mejor relegarlas por motivos comerciales de sesgo «progresista». Al final lo que se está haciendo es generar una nueva forma de racismo.
En la foto promocional de la camiseta de Japón todos tienen los esperados rostros nipones. Lo mismo ocurre con los argentinos, presentados con la pinta habitual de la gente de allá. Tampoco se le ha ocurrido a la casa Adidas elegir a un rubio escandinavo para representar a Marruecos, sino a modelos de etnia magrebí. Pero España, sabido es, acelera rumbo a convertirse en uno de los países más tontolabas del orbe, y por ahí fuera toman nota.
La corrección política histérica suplanta la realidad, impone una visión mendaz del mundo y acaba generando censura y autocensura. Necesitamos una revolución urgente del sentido común. Decía Chesterton que «un día habrá que desenvainar la espada para defender que la hierba es verde». Me temo que ese día ya ha llegado.