El nuevo fin de la Historia
Si un documento bien guardado durante décadas puede acabar traspapelándose, imagínense la correspondencia entre dos personas por medio del correo electrónico. Yo creo que se va a perder mucho. Muchísimo
No haya lugar a equívocos. No voy a escribir sobre el libro de Francis Fukuyama El fin de la Historia y el último hombre publicado en 1992. Fue tras la caída del Muro de Berlín y defendía la imposición de un nuevo orden liberal al fracasar el comunismo como alternativa. Sí, había fracasado. Pero los totalitarismos siempre encuentran nuevas formas de manifestarse. Y el comunismo se ha reinventado en China y no termina de morir ni en Cuba, ni en Venezuela, ni en Corea del Norte. Y en países como Colombia tiene un importante apoyo electoral.
Yo estoy pensando en otra historia diferente. La que investigan y sobre la que publican los historiadores día a día. La basada en documentos. Semanas atrás tuve ocasión de asistir en Madrid a la presentación del último libro de mi amigo Charles Powell, El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España. Una obra maestra muy recomendable. Y mientras escuchaba cómo el autor hablaba de su acceso a diferentes archivos, me preguntaba a mí mismo si eso será posible en un futuro inmediato. Incluso con el reinado de Felipe VI. Y no lo digo por razones de censura. Lo digo por falta de material.
Los documentos en papel empiezan a tener un valor similar al de los papiros. Ya no hay casi nada en papel y muchas veces se tira directamente porque no se valora. Tengo un buen ejemplo en mi familia política. Es anecdótico, pero creo que también es ilustrativo. Durante años mis suegros alquilaron en verano la casa del guarda en el Canto del Pico, la finca de Francisco Franco en la carretera de La Coruña a la altura de Torrelodones. Cada año y tras el abono del alquiler, a mi suegro le daban un recibo manuscrito por el propio Francisco Franco Bahamonde. Con su firma, claro. Cuando murió Diego Prado y se hizo la limpia que suele acontecer tras un óbito, mi mujer tiró a la basura los recibos firmados por Franco. ¿Cuántas personas en España podían tener un recibo firmado por Francisco Franco por que le hubiesen alquilado algo? ¿Cuántos recibos a particulares firmó Franco? Pues nada, a la basura.
Hoy en día no llega en papel casi nada. Y eso me da la certeza de que el día de mañana va a ser mucho más difícil poder hacer una labor seria como historiador. Yo sólo he hecho mínimos pinitos en el campo de la historiografía. Pero he sentido la emoción de encontrar en un archivo un documento desconocido. En 1995 estaba escribiendo la biografía del Archiduque Otto cuando en el Archivo del Palacio Real de Madrid, en la caja 15.582, expediente 2, encontré el documento formal por el que el 2 de abril de 1922, al día siguiente de la muerte del hoy beato Emperador Carlos, la Emperatriz Zita de Austria proclamaba los derechos de su hijo como Emperador de Austria y el del 23 de abril de ese mismo año, el texto por el que se le proclamaba su condición de Rey Apostólico de Hungría. El 9 de marzo de 1995 tuve el placer de mostrarle fotocopia de los originales al propio Archiduque Otto. Los leyó con sorpresa y se preguntó cómo era posible que su madre no le hubiera contado nunca que le había pedido al Rey Alfonso XIII que los custodiase. Y se respondió a sí mismo que con toda probabilidad la emperatriz creería que los documentos habían desaparecido tras la proclamación de la II República Española.
Si un documento bien guardado durante décadas puede acabar traspapelándose, imagínense la correspondencia entre dos personas por medio del correo electrónico. Yo creo que se va a perder mucho. Muchísimo. Y en los tiempos en que vivimos eso ayudará a tergiversar la Historia. Una Historia sin documentos que la sostengan no es Historia. Puede ser el verdadero fin de la Historia.