Lo que va de Keir Starmer a Pedro Sánchez
Qué decir de las elecciones del próximo domingo, donde la intención de voto del PP más Vox suma más de un 57 por ciento en la histórica plaza fuerte del socialismo que gobernó 35 años dando la impresión de que el sistema era impracticable sin el PSOE
En una democracia, el vapuleo electoral tiene consecuencias para el líder del partido derrotado. El 7 de mayo fue un desastre sin límites para el Partido Laborista del primer ministro británico Keir Starmer. Él dice que asume toda la responsabilidad, pero que no piensa dimitir porque su mayoría parlamentaria arrolladora permanece inalterada. Lo que tampoco es muy exacto. No ha habido defecciones a otros partidos, pero ya se han alcanzado los 81 diputados que piden que dimita o ponga en marcha su sucesión. Esa cifra es relevante porque es el mínimo que se necesita para poder presentar un candidato alternativo que desafíe a Starmer.
Lo que a mí me parece relevante desde el punto de vista español es que el Partido Laborista es un partido vivo, que cuando ve que el liderazgo de su primer ministro les está llevando al naufragio, su grupo parlamentario y miembros de su propio Gobierno empiezan a moverse contra él. Exactamente lo contrario de lo que sucede en el PSOE. En ese partido apenas quedan dos o tres voces críticas. Destacadamente García-Page.
Un resultado tan catastrófico como el que obtuvo el pasado diciembre el PSOE en su antiguo feudo de Extremadura, donde tuvo sucesivas mayorías absolutas y finalmente ha quedado reducido al 25,77 % del voto frente al 43,12 del Partido Popular debería haber producido un terremoto en el partido. Pero en nuestro sistema son demasiados los que no tienen alternativa vital y necesitan de la política para comer. Y esos nunca se van a rebelar contra el jefe todopoderoso.
Y qué decir de las elecciones del próximo domingo, donde la intención de voto del PP más Vox suma más de un 57 % en la histórica plaza fuerte del socialismo que gobernó 35 años dando la impresión de que el sistema era impracticable sin el PSOE. Veremos el resultado este día 17 de mayo, pero apuesto a que ni con un descalabro mayor oiremos un solo diputado nacional o autonómico que pida la dimisión de Sánchez. Ni los castellanomanchegos se atreven. Porque Sánchez es pura y simplemente un autócrata.
La comparación con el laborismo británico tiene otros elementos relevantes. Sir Keir Starmer, un candidato absolutamente mediocre, pudo ganar abrumadoramente las últimas elecciones británicas de julio de 2024 porque los conservadores habían encadenado una catastrófica gestión: tras el disparatado referendo sobre el Brexit, que acabó con seis años de mandato de David Cameron, entre 2016 y 2024 se sucedieron cuatro primeros ministros: Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss –que duró mes y medio en el cargo– y Rishi Sunak. A un partido así lo derrota hasta un pésimo candidato como Starmer.
El problema es que ahora a Starmer se lo va a llevar por delante un populista radical como Nigel Farage. Un tipo que no ha gobernado nunca nada y del que yo apuesto a que acabará arreglando la dañada imagen de Boris Johnson, que comparado con Farage, nos parecerá un estadista.
Por más que la democracia española esté muy dañada por el intento de convertirla en una autocracia creo que es objetivamente muy bueno que la alternativa real a este gobierno sea un partido de centro derecha y que si fuese necesario, que ese partido pueda pactar a su derecha. Pero el mérito no es de Sánchez, obviamente. Populistas, los menos.