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HorizonteRamón Pérez-Maura

La acelerada decadencia de nuestra civilización

El Depot Boijmans es un museo de propiedad municipal. El alcalde de Róterdam es Ahmed Aboutaleb, nacido en Marruecos, miembro del Partido del Trabajo, con nacionalidad marroquí y neerlandesa, y que ha denunciado múltiples veces el islamismo. Hasta ahí todo es razonable. Lo que yo quiero denunciar es otra cosa

Cada vez hay más signos muy preocupantes de lo mal que nos va desde el punto de vista de las libertades. El pasado fin de semana tuve un buen ejemplo en Holanda. Los Países Bajos son ese reino ubicado en la Unión Europea donde te venden drogas que puedes fumar en el bar en el que las compras, pero no te puedes fumar un pitillo. Y de un habano, ni hablemos. Vade retro, Satana.

Mi mujer y yo fuimos a Róterdam a ver a un buen amigo que tiene una enfermedad terminal y al que queríamos acompañar mientras mantiene un poco de lucidez. Lo hicimos con otros tres amigos: austriaco, portuguesa e inglesa. El sábado por la mañana, mientras dábamos tiempo al que íbamos a visitar a hacer sus abluciones y ponerse en estado de revista, se nos ocurrió visitar el Markthal, un espectacular mercado moderno, con una arquitectura deslumbrante y una abundancia de puestos de mercado con productos de primera necesidad. La oferta de olivas con distintos acompañamientos era deslumbrante –como puede atestiguar este vicioso impenitente de la aceituna.

Encantados, nos fuimos después a visitar un museo presentado como el más atractivo de la ciudad. En principio. Es, sin duda, el más famoso de Róterdam: el Depot Boijmans Van Beuningen. Un edificio circular con forma que se aproxima a un tazón gigante y que está forrado de 1.664 placas de espejo. Casi lo más divertido es que según vas avanzando hacia la entrada te vas viendo reflejado en las paredes del museo. Y allí se puede ver también la imagen del skyline de la ciudad.

El Depot Boijmans es un lugar muy singular. Aunque se habla de él como un museo, no lo es enteramente. Como su nombre indica, en realidad es un depósito de obras de arte. En total 155.000. Hay algunas que están en exhibición, como la colección del Rabo Bank y varias otras. Para mí, de un interés menor. Pero eso es muy opinable. Fuimos bajando pisos y viendo lo que había en exhibición. Me llamó mucho la atención la planta en la que había un pasillo separado del almacén por un cristal transparente. Múltiples obras de arte embaladas y, al fondo, muy al fondo, pero perfectamente iluminada, una escultura en la que una mujer de rodillas hacía una felación a un hombre. Arte, lo llaman.

Todo esto se lo cuento para llegar a dónde empezó esta visita. Nuestro amigo nos había recomendado ir al mueso por la singularidad del lugar. Desde luego no por la escultura que acabo de mencionar.

El Depot Boijmans Van Beuningen es un museo de propiedad municipal. El alcalde de Róterdam es Ahmed Aboutaleb, nacido en Marruecos, miembro del Partido del Trabajo, con nacionalidad marroquí y neerlandesa, y que ha denunciado múltiples veces el islamismo. Hasta ahí todo es razonable. Mas lo que yo quiero denunciar es otra cosa.

Llegué con mis amigos al museo el pasado sábado a las 11,00 aproximadamente. Me ofrecí a invitar a las entradas. El museo de propiedad municipal encabezado por un alcalde socialista cobraba 20 euros por persona. Por cinco que éramos, 100 euros. Saqué dos billetes de 50 euros para pagar y me dijeron que no se admite dinero efectivo. ¡Un organismo público deniega el derecho a pagar con moneda de uso legal! Me acordé de mi buen amigo el embajador Javier Rupérez que está dando desde la plataforma Denaria una batalla para proteger el derecho al uso del dinero en efectivo. Lo que es increíble es que haya que dar esa batalla.

Intenté recurrir entonces a mi tarjetero y saqué mi American Express. Tampoco. Sólo con tarjeta, pero no con American Express. O sea, los del efectivo tenemos trazas de ser delincuentes y los de American Express apestados. La cosa, verdaderamente, degeneraba. Así que saqué resignadamente una Mástercard y pagué. Pedí las entradas y me dijeron que no había entradas. Que extendiésemos las manos y nos pondrían un sello en la piel. Creo que la última vez que me hicieron eso fue hace unos 45 años en la discoteca Albatros de la calle Panamá de Santander. Momento en que pedí una factura por los 100 euracos que acababa de apoquinar y me dijeron que no. Que ellos no emiten facturas en papel. Que si quería una que les diera mi correo electrónico y ya me lo enviarían. Es decir, quieren todos tus detalles para tenerte agarrado por todas partes. Hasta cuando vas a un museo.

Así van degenerando nuestras libertades, componente esencial de nuestra civilización.

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