España: el cenagal imposible
Es legítimo que la izquierda española no quiera la participación de Vox en un Gobierno de coalición con el PP. Por eso cada uno tiene su ideología. Lo que no es comprensible es que esos votantes de izquierda prefieran ver a España inmersa en este cenagal imposible que se puede llevar la democracia española por delante
La degradación que vive España supera todo lo imaginable. Yo me pregunto cómo es posible que ministros de largo recorrido como Margarita Robles –que ya fue secretario de Estado con Juan Alberto Belloch como ministro de Justicia e Interior en el Gobierno de Felipe González– o Luis Planas –que tiene una larga carrera como consejero del Gobierno de Andalucía y embajador de España– pueden mantenerse en este Consejo de Ministros impertérritos. Les honraría que su propio prestigio les resultase indiferente. Lo que no es creíble es que con toda su experiencia crean que este gobierno puede y debe mantenerse.
Como bien ha dicho Antonio Caño «para salvar al país de la extrema derecha, no es lícito permitir en silencio que antes lo destruya la izquierda». Y eso es exactamente lo que estamos viendo. Cómo se derrumba la democracia que construimos entre todos en las Cortes Constituyentes de 1977 que engendraron una Constitución que parecía perfecta. Pero una Carta Magna que, como tantas otras, no tenía previsto qué hacer con aquellos dirigentes que la incumpliesen, como es el caso de Pedro Sánchez con los Presupuestos Generales del Estado, entre otras cosas.
Es legítimo que la izquierda española no quiera la participación de Vox en un Gobierno de coalición con el PP. Por eso cada uno tiene su ideología. Lo que no es comprensible es que esos votantes de izquierda prefieran ver a España inmersa en este cenagal imposible que se puede llevar la democracia española por delante. Porque no hay una democracia digna de ese nombre en el Occidente libre donde un presidente con la cantidad de imputaciones que penden sobre su cabeza haya sobrevivido al frente de un Gobierno. La dignidad de la democracia y del Estado de derecho exigen, como mínimo, consultar al pueblo español en elecciones generales. Pero la degradación es tal que ya somos muchos los que nos tememos que Sánchez busque argumentos arteros para no convocar elecciones y prorrogar su mandato. Sí, es cierto que la Constitución no prevé ninguna forma de hacerlo, pero ya la inventaría Félix Bolaños y la avalaría el Tribunal Constitucional de Conde- Pumpido con su mandato prorrogado para seguir manchándose la toga con el polvo del camino.
Dentro de este escenario inverosímil que estamos viviendo, ayer, una vez más, se llegó a donde nadie creía que se pudiera alcanzar. Mientras la UCO confirmaba que Leire Díez estaba tan integrada en el PSOE que sus viajes corrían a costa del partido sin necesidad de verificación de lo que ella iba a hacer –claro, algunas cosas no conviene que se sepan– la misma UCO ratificaba que el PS que aparece en la libreta de actuaciones oscuras de Leire Díez es el presidente del Gobierno Pedro Sánchez. Por algo Leire declaraba ayer en El Diario Montañés que «sé mucho más de lo que sale en las agendas, valgo más por lo que callo que por lo que digo». Es decir: amenaza. ¿Qué más tiene que ocurrir para que algunos partidos decidan que la prioridad es la convocatoria electoral?
Nadie se engañe. Sánchez ha metido a España en un cenagal, pero son igual de responsables de toda esta corrupción todos los partidos que sabiendo lo que hay no mueven un dedo para desalojarlo. España es hoy un erial y, como es lógico, los partidos que buscan la independencia de España de los territorios en los que se presentan electoralmente, quieren que esto se prolongue para ver favorecida la ruptura de la nación. Y cada vez están más seguros de que eso está al caer.