León XIV y la inmigración
Los migrantes son personas dotadas de derechos que frecuentemente se mueven por necesidad; es necesario establecer mecanismos que eviten el éxodo no deseado, pero cuando las salidas son inevitables, hay que acogerlos y facilitar su integración en la sociedad de destino, donde no constituyen ninguna amenaza
Hace ya muchos años, a propósito de las corrientes migratorias que desde el sur de Europa se dirigían a los estados más industrializados del norte, el escritor suizo Max Frisch enunció la famosa frase: «Necesitábamos mano de obra y vinieron seres humanos». Esta sentencia sintetiza de forma expresiva el mensaje central del actual Papa sobre el fenómeno migratorio, que revalida la doctrina social de la Iglesia sobre esta materia y sigue la estela trazada por su predecesor, el Papa Francisco.
La idea de considerar la migración desde la dignidad humana está presente en muchos de los escritos e intervenciones del Papa León. En su reciente visita a Madrid mencionó el tema en casi todos sus discursos y de una manera especial en la alocución que pronunció ante el Congreso de los Diputados el 8 de junio, en la que se refirió al «trágico drama migratorio» y a la consideración prioritaria de los migrantes como personas. Pero, tal vez, el documento más representativo de su pensamiento sea el Mensaje para la 111ª Jornada Mundial del Migrante y Refugiado, titulado Migrantes, misioneros de esperanza, en el que desarrolla media docena de ideas clave.
La primera, es la necesidad de cambiar la concepción que muchas personas tienen de los migrantes, considerados fundamentalmente como sujetos necesitados o desvalidos cuando no maleantes o delincuentes, e ignorando que son capaces de aportar valores, trabajo y cultura. Y, en efecto, la inmensa mayoría de los extranjeros no vienen a nuestro país a vivir de la caridad pública o a delinquir, sino a trabajar. Y constituyen para nuestra demografía, nuestro mercado laboral y nuestra economía un bien insustituible. Flaco servicio hacen a sus sociedades quienes criminalizan a los migrantes de forma indiscriminada, proponen levantar muros para impedir su entrada o pretenden devolverlos a sus países de origen a la mínima infracción cometida.
La segunda hace referencia al origen de muchos de los desplazamientos que están causados por las guerras y la violencia, las persecuciones políticas o religiosas, la pobreza extrema, las desigualdades económicas o las crisis climáticas. Son circunstancias no deseadas por quienes las sufren que demandan la solidaridad de quienes los acogen. Ahora bien, el Papa León no propugna una política de «puertas abiertas». Reconoce que los gobiernos tienen la responsabilidad de gestionar las corrientes migratorias y garantizar la seguridad, pero recuerda que deben hacerlo respetando siempre la dignidad y los derechos de las personas.
La tercera alude al título del escrito. Los migrantes son misioneros de la esperanza y contribuyentes al bien común por su capacidad de esfuerzo, su valentía ante la incertidumbre y su confianza en el futuro.
La cuarta pretende desmentir la idea, demasiado aireada por algunos grupos o partidos políticos, de que los migrantes constituyen una amenaza que sustenta los miedos que muchos ciudadanos experimentan ante el fenómeno migratorio. Unos miedos magnificados que no resisten un desapasionado análisis de la realidad, pero que calan en la mentalidad colectiva de la ciudadanía: el miedo al volumen de los que llegan; a la sustitución étnica de la población receptora; a la introducción de modos de vida y comportamientos alejados de los que tienen los autóctonos; a la competencia laboral y al deterioro de los salarios; a los comportamientos demográficos diferenciales; al uso abusivo de los servicios públicos; o a la inseguridad y la delincuencia.
La quinta insiste en la exigencia de una acogida respetuosa de los inmigrantes y en la definición de una política real de integración, mediante la educación, el acceso a los servicios públicos y la participación en la vida comunitaria.
La sexta enfatiza el derecho a la movilidad, pero recuerda la facultad de no hacerlo, de permanecer en el lugar de origen del que muchos migrantes son expulsados por causas ajenas a su voluntad. Corresponde a los países con mayores recursos ayudar a estas naciones para que puedan conservar a quienes quieren quedarse.
En definitiva, los escritos del Papa León XIV sobre la migración, defienden principios sencillos basados en consideraciones humanitarias: los migrantes son personas dotadas de derechos que frecuentemente se mueven por necesidad; es necesario establecer mecanismos que eviten el éxodo no deseado, pero cuando las salidas son inevitables, hay que acogerlos y facilitar su integración en la sociedad de destino, donde no constituyen ninguna amenaza, sino un factor decisivo para su desarrollo económico y social. A los gobiernos corresponde la gestión de las migraciones, pero deben ejercerla no solo desde la perspectiva del control de fronteras, sino desde el respeto a la dignidad humana, la solidaridad y la integración.
- Rafael Puyol es presidente de UNIR