Vox parece asumir la verdadera prioridad nacional
En las últimas semanas semejan haber virado a una etapa de menos leña al PP para atender a lo capital y urgente: echar a Sánchez y su coalición antiespañola
El éxito inicial de Vox, cuando nació, se debió sobre todo a que se presentaba como un partido inflexible contra los separatistas y en defensa de la unidad de España. Lo hacía en un momento en que el PP había defraudado a parte de su parroquia al remolonear ante el evidente golpe independentista a plazos en Cataluña, que había comenzado ya en la etapa final del frívolo Artur Mas. Ciudadanos y Vox fueron los dos partidos que dijeron «al nacionalismo, ni agua». Gracias a ello despegaron, mientras el PSOE se entregaba a una alianza felona con el independentismo y el PP todavía fabulaba con un iluso «diálogo».
El segundo punto fuerte de Vox radicaba en que se presentaba como el único partido dispuesto a batallar contra el marco mental que ha instaurado en España el largo mandato del PSOE, una deprimente ingeniería social que se mal llama a sí misma «progresismo».
Pero más tarde, Vox evolucionó y dio prioridad a un nuevo argumento: el rechazo de la inmigración irregular, a ratos con algún rapto de polvorilla verbal poco evangélica. Esa es la bandera que enarbolan ahora con más energía, pues sus estrategas han visto cómo ha espoleado por ahí fuera a Meloni, Trump, Farage, Le Pen, la AfD… Además es un problema cierto. Hasta los escandinavos de escuela socialdemócrata se han hartado del coladero en las fronteras.
El nuevo eslogan de Vox, que repiten hasta el empalago, es lo que llaman «la prioridad nacional». Se trata de un planteamiento en general acertado. De hecho, lo apoyan muchos votantes de partidos de izquierda, hartos del deterioro y saturación de los servicios públicos ante la llegada de una ola de clientes extranjeros, que muchas veces se convierten en beneficiarios preferentes. A casi todos nos parece de sentido común que los «españoles de toda la vida», los que han nacido aquí y han cotizado durante décadas para mantener el Estado –ellos y sus antepasados–, no se vean relegados en las prestaciones públicas ante recién llegados, o personas que no poseen todavía la nacionalidad española. Como siempre pasa en Vox, que por ahora es un partido de brocha gorda y casi nula experiencia de gestión, no han concretado aún cómo y en qué términos y casos van a aplicar esa razonable «prioridad nacional».
Pero la auténtica «prioridad nacional» no es esa que señalan. La verdadera «prioridad nacional» aquí estriba en evitar que Sánchez pueda seguir en la Moncloa tras las próximas elecciones a lomos de su coalición antiespañola. Él ya no engaña a nadie. En sus últimas apariciones en el Congreso ha explicado que ahora lo que toca «es acabar de solucionar el conflicto territorial». ¿Traducción? Levantar las barreras constitucionales que hoy impiden que Cataluña y el País Vasco puedan avanzar hacia su independencia, a cambio de que él pueda seguir en la Moncloa sin ganar los comicios. Por eso Otegui y Bildu se han convertido en los primeros hooligans de Sánchez, al que definen a las claras como «una ventana de oportunidad» hacia su república vasca.
Todo esto, aunque al gran público no se lo parezca, es mucho más importante que las chorizadas del sanchismo (que también lo son), porque es lo único que amenaza lo básico, la propia existencia de España. Por eso es una emergencia nacional que cuando se abran las urnas Sánchez no logre apoyos para reeditar su Frente Popular, pues ello pondría a España en jaque mate.
Durante largo tiempo, Vox ha parecido casi más preocupado por desgastar al PP e intentar hacerle el sorpasso que por echar a Sánchez. En julio de 2024, rompieron de un día a otro los gobiernos de coalición en cinco comunidades con la floja excusa del reparto de menores inmigrantes. La razón real de la espantada, hoy bien conocida, era otra. Una vieja regla política reza que en las coaliciones el pez grande siempre se come al chico, y estaba ocurriendo. Las encuestas no les daban bien, así que optaron por romper y pasar de nuevo a ver los toros desde la barrera, pues siempre es más fácil predicar que dar trigo. Y les ha funcionado, con un sensacional estirón demoscópico.
Priorizando su calculadora electoral, la puesta en escena habitual de Vox consistía en repartir tantos palos contra el PP como contra Sánchez. De hecho a veces el primero incluso recibía más cera que el segundo. Rara era la intervención de Abascal o cualquiera de sus portavoces sin unos cuantos sopapos a un PP al que tachaban de «PSOE azul», «derechita cobarde», o incluso directamente de «mafia» y «estafa», insultos mayores. Esa ensalada de puntapiés entre los dos partidos que están llamados a colaborar para echar a Sánchez e iniciar una nueva era desagradaba a la mayoría de los votantes de derechas, que deseaban exactamente lo contrario: una tregua de entendimiento para quitarnos a Sánchez de encima.
Por fortuna, cunde la sensación de que en Vox le han dado una pensada. En un ejercicio de loable patriotismo, parecen estar apostando por lo que pedía el respetable: primero echemos a Sánchez, y luego ya vendrán las pullas electoralistas por la disputa de los caladeros de derechas. Los gobiernos autonómicos se están formando con un tono de colaboración más leal que la vez anterior y el volumen de pirotecnia contra el PP ha bajado considerablemente.
Son buenas noticias. Lo óptimo sería incluso que ambos colaborasen con lealtad para que España cuente con un nuevo Gobierno sólido, pues aguarda la ingente tarea de curar el destrozo institucional del sanchismo, parchear un enorme pufo semioculto y adoptar medidas rápidas para fortalecer la unidad de la nación.
En cuanto la derecha llegue a la Moncloa, la izquierda va a quemar las calles. Si Feijóo se encuentra con un Vox más proclive a desgastarlo que a atender al interés general, quien lo pagará será España. Al PP le sentará bien depender de Vox, para que lo sacuda un poco en su flojera ante la batalla de las ideas. Y a Vox le vendrá bien empezar a pasar de las musas al teatro y enfrentarse al reto real de gobernar. Luego, en las primeras generales ya sin Sánchez, tiempo tendrán ambos de batirse por la hegemonía de esa gran finca hoy mayoritaria que queda a la derecha de la izquierda.