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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Y ahora Sánchez es Delcy

A Trump –como a cualquier presidente norteamericano que venga luego– se le da un ardite lo que pueda pasar en un mortecino país europeo. Pone precio a sus dirigentes para que no molesten. No creo que Sánchez sea de los que vayan a salirle más caros. Si se aviene, le hará el don de preservarle la cabeza

«Lázaro, engañado me has». El ciego agita el escobajo de vid, ya exento de su fruto. Y su muchacho-guía sonríe con furtivo silencio. ¿Cómo va a saber un ciego que sus ligeras manos hayan violado el pacto de ir comiendo las uvas una a una? «Juraré yo a Dios que has tú comido las uvas tres a tres», sentencia el pordiosero. Y Lázaro se da por muy ofendido. Y por sorprendido, más aún: «No comí, dije yo; mas ¿por qué sospecháis eso?» Y el viejo truhan replica con la sabiduría parda de una larga universidad callejera. «¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas».

No acuso, quede a claro, ni a Trump ni a Sánchez de haber leído el Lazarillo. Los cielos me preserven de difundir tal infamia. Ellos son hombres portentosos. No perderían su valioso tiempo sobre páginas de un libro. Tan antiguo, además. Tan ajeno al digno rango de los ilustres patanes. Pero, en un libro que merezca ese nombre, está la vida. Toda. Y la inteligencia. Toda casi. Los grandes libros son intemporales. No hablan del anecdótico presente en el cual malviviera –o, menos frecuente, bienviviera– el que lo escribe. Hablan desde una eternidad que no es prolongación indefinida del tiempo; que es abolición del tiempo. Ese milagro en el que una serie de signos gráficos hace saltar la chispa del alma humana. Buena o mala, da lo mismo. Inmutable.

En la penumbra de un rincón de Ankara blindado a escuchas y fotos, dos tahúres esgrimen fintas. No habrá muertos. No los hay nunca cuando dos pícaros atisban común beneficio. Ante el cual, odios y convicciones –si es que tal palabra cuadra a gentes de su laya– se diluyen más deprisa que las legendarias «lágrimas en la lluvia».

Común beneficio. El de Sánchez no parece demasiado oculto: eludir la cárcel. Suena brutal, lo sé. Pero, vayamos repasando su horizonte.

Está la información confidencial que alguien –tal vez Marruecos– extrajo de su móvil. ¿Hay quien crea, de verdad, que de esa información no hay copia en los archivos de Langley? ¿Habrá acaso un negocio de la familia monclovita –de toda la familia– que no esté registrado en sus universales ficheros?

Está la putrefacta red de comisiones petrolíferas montada por Zapatero entre Venezuela y China. ¿Alguien es tan idiota como para dudar de que todos los documentos estén en las carpetas de doña Delcy Rodríguez? ¿Alguien sería tan ingenuo como para ignorar que, hoy por hoy, la tal Rodríguez es fiel servicio doméstico de Marco Rubio? ¿Cuándo tardará en entregar hasta la última factura petrolera «española» que se le exija desde la Casa Blanca…?

Todo eso tiene el presidente estadounidense a su alcance. También, con seguridad, balances financieros en República Dominicana, Panamá o China, que podrían provocar, de ser conocidos, algo que es muy caritativo llamar escalofríos en la opinión pública.

Pero, ¿y Trump? ¿Qué beneficio puede aportar al presidente de los Estados Unidos hacer de Sánchez su Delcy europeo? El verdadero enigma de Ankara es ese. Bofetón, a la entrada: «No quiero tener nada que ver con España. Corten todo el comercio con España, por favor, incluidas las visitas… Ni siquiera hablen con ellos. Son unos inútiles, mala gente». Sobeteo en el lomo, a la salida: «Hoy España se redimió por completo. España fue muy generosa hoy… Accedieron a una solicitud de pago importante, y si no lo hubieran hecho, ni siquiera les habríamos hablado». En medio, charleta privada, dicen, sobre el gol de Argentina y sobre el lindo césped con agujeritos de los campos de golf. Maravilloso. En política internacional existen los milagros. Trump no tuvo reparo alguno en consagrar a Delcy tras haber destruido a Maduro. Ni en negociar con lo que queda –si es que queda– de Jameneí hijo tras pulverizar a Jameneí padre. No veo por qué habría Sánchez de recibir distinto trato, una vez borrado del mapa Zapatero.

Existen otras cosas, desde luego. Menos exaltantes. De que Trump es demasiado pragmático para dejarse maniatar por los principios, da muestra su loca verbena iraní. Iniciada con el humanitario llamamiento a liberar a una población masacrada por los ayatolás, la operación sobre Irán no parece haber logrado –si buscado, no lo sé– más que un alza brutal en los precios del crudo. De las veladas y pisoteadas mujeres iraníes, ya nadie habla. De la destrucción de la tiranía, tampoco. Todo ha pasado a jugarse en juego especulativo de subidas y bajadas en el precio del barril. ¡Todo eso, para esto!

Sobre la marcha, Trump ha puesto encima de la mesa la disolución de la OTAN. Y es verdad que, a los Estados Unidos, la OTAN no le sirve ya para nada. Salvo para perder dinero. Económica y políticamente, Europa está en avanzada vía de extinción. No llegará al final de siglo. Es triste constatarlo, para quienes somos los hijos de sus más de dos mil quinientos años de cultura. Pero lo triste también acontece. Y no es esta una ocurrencia de Trump; viene gestándose desde hace ya unas cuantas presidencias. ¿Qué ganan los Estados Unidos defendiendo a Europa? Poca cosa. ¿Qué pierden? Un enorme flujo de capital, cuya rentabilidad todos ven ahora mucho más alta en Asia.

A Trump –como a cualquier presidente norteamericano que venga luego– se le da un ardite lo que pueda pasar en un mortecino país europeo. Pone precio a sus dirigentes para que no molesten. No creo que Sánchez sea de los que vayan a salirle más caros. Si se aviene, le hará el don de preservarle la cabeza. Si no…

Se avendrá. Que nadie lo dude. Los tahúres siempre se avienen. «¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a dos y callabas».

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