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A vuelta de páginaFrancisco Rosell

La dicha de Sánchez en su refugio climático de la Moncloa

Contemplando su arrogancia y soberbia rodeado este martes de siseñores, es palmario que tendía la mano a la oposición, no para estrechársela, sino para abofetearla, transparentado que persigue cobrar resuello obrando en contrario de lo que pregona

Tras las condenas de su mano derecha y artífice de la moción de censura que le aupó al poder en 2018 (José Luis Ábalos), de su hermano músico (David Sánchez) y de su fiscal general (Álvaro García Ortiz), y la apertura de juicio contra su esposa (Begoña Gómez) y la imputación de su referente ético (el expresidente Zapatero), amén de la sucesión de catástrofes con los incendios asolando España, sólo un presidente enajenado de la realidad como Pedro Sánchez puede cerrar curso como si se viviera en el mejor de los mundos posibles. No obstante, hay que entenderlo en quien, citando a Quevedo, «es mentira por cualquier parte que le examinéis», y se ha dispuesto de un buen refugio climático en la Moncloa.

Así, cual acreditado pirómano que hace arder el régimen constitucional, 'Noverdad' Sánchez trató ayer de escabullirse en su rueda de prensa de fin de curso entre el humo que aventó en un soliloquio de más de una hora, como en el año del COVID, al final del cual algunos periodistas que sobrevivieron a su sesión de hipnopedia pudieron efectuar algunas preguntas que contestó según el «método Ollendorf» («¿Qué hora es?» / «Está lloviendo») y que evoca aquello de, «como sé que te gusta el arroz con leche, por debajo de la puerta te echo un ladrillo». En su enaltecimiento de sí mismo, el narciso estuvo a un tris de jactarse de que los españoles no se lo merecían, si bien no quiso tentar al diablo. Debió acordarse de la salida de pata de banco de su exvicepresidenta Marisu Montero en la campaña andaluza y que originó que sus paisanos le dieran la razón a la mujer con más poder de la democracia, arrojándola sin remilgos al duro banco de la oposición con el peor bagaje socialista en la historia de la autonomía.

En este sentido, los balances de fin de curso de Sánchez son predecibles como una película de reestreno en las que siempre aparece con el sobresaliente bajo el brazo al erigirse en examinador de sí mismo que no admite escrutinios ajenos como esas encuestas que registran una merma de casi millón y medio de votos desde los comicios de julio de 2023. De ahí que su primera urgencia sea aplazar las urnas todo lo que pueda para ver si amainan las adversidades y que, entre otras vicisitudes, pueden obligarle a acudir como testigo en la vista en la que su cónyuge se sentará en el banquillo, no por ser consorte de Pedro Sánchez, como esgrimió ayer, sino por prevalerse de la posición de pareja del presidente para usar La Moncloa como centro de negocios.

Al haber demostrado su inoperancia en una España en llamas al pretender apagar la quema de sus bosques con los aviones de papel del cambio climático ante la falta de naves y el empleo de algunas obsoletas, Sánchez volvió a empeñarse en sus acostumbrados trampantojos para, al cabo de ocho años de Gobierno, dirigir la dirección del fuego hacia el PP y sus administraciones con especial saña contra el Madrid de Ayuso. Todo ello a los dos meses de presumir en la base de Torrejón de Ardoz, como si fuera el «Top Gun», «el mejor piloto», y no el jefe de una banda, que tenía detrás a un país con los recursos adecuados para atajar los incendios, lo que se ha revelado como una filfa —mero blablá—, como ese vanguardista kit antiincendios que ni estaba ni se le espera.

Además, como evidenció ayer, su Pacto de Estado contra el Cambio Climático procura exclusivamente atrapar a la oposición, pues no está ni en su naturaleza ni en su circunstancia otros acuerdos que aquellos que le facultan para pervivir en La Moncloa, como los del maletero con el prófugo Puigdemont y el de la serpiente con Bildu, pero no para abordar los problemas de un Estado avasallado por los enemigos declarados de la nación. Por desgracia, los pactos de Estado son rara avis en el hábitat español desde los compromisos que posibilitaron afrontar la grave crisis del petróleo de 1973 y fraguar la Transición, hoy en almoneda por el Ejecutivo socialcomunista y sus socios. De ahí que esa apelación retórica a los mismos por quien alzó un muro en su discurso de investidura, retrotrayéndose al Pacto del Tinelli por el que el PSC y sus aliados soberanistas para tender un cordón sanitario contra el centro derecha, es otro ardid de quien ve en cada emergencia una oportunidad para dotarse de atribuciones cesáreas teniendo a la gente en un ¡ay!

Contemplando su arrogancia y soberbia, rodeado este martes de siseñores, es palmario que tendía la mano a la oposición, no para estrechársela, sino para abofetearla, transparentando que persigue cobrar resuello obrando en contrario de lo que pregona. Pero es más, si tan apremiante es esa avenencia, ¿cómo lo anuncia con un pie en la escalerilla del avión que le traslada a unas vacaciones que ni retrasa ni acorta, declinando reunirse con Feijóo? De hecho, repite la jugada del verano pasado cuando metió en la nevera el cambio climático que ahora saca del refrigerador al cabo de un año, acordándose de Santa Bárbara con el flamear de los árboles ardiendo. Como recordaba ayer la portavoz del PNV, Maribel Vaquero, entonces todo «quedó en aquello», esto es, en nada, como es hábito en este ochenio perdido. Como anotó el Larra del «¡Vuelva usted mañana!», «agotados los hechos, nacen las palabras» privadas de capacidad de convicción.

Ni qué decir tiene que, para promover un pacto de Estado, no basta con invocarlo como se opera con el cambio climático, sino que se exige una auctoritas de la que carece Sánchez, que ayer se puso en modo diapositiva en su alocución a unos periodistas a los que casi redujo a formar parte del «atrezo», como ya ocurre con el Congreso de los Diputados, desentendido de su labor fiscalizadora. Después de su perorata, escuchándose a sí mismo, las ruedas de prensa de Sánchez resultan tan inútiles como aquellas sesiones del Consejo Nacional del Movimiento que José María Pemán definió con luminosa gracia gaditana como «una cosa que se reúne una vez al año para oír el discurso del aconsejado».

Como Sánchez no va a dejar de ser Sánchez, salvo que vuelvan a parir, hay que interpretar cada una de sus manifestaciones en la dirección contraria de lo que verbaliza, en línea con lo predicho por Orwell de que «el lenguaje político es empleado para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable, y para dar apariencia de solidez a lo que es puro humo». Pero, afortunadamente, cuando la verdad se quiere silenciar, estalla de la forma tan espantosa que se padecen estas jornadas lúgubres en una España asolada por la corrupción y por los incendios, dejando tras de sí una sensación de vergüenza y horror. Sin embargo, estando en mayor aprieto que Lope de Vega con el soneto que le encargó hacer Violante, Sánchez se dirá para sí, mientras pone rumbo a La Mareta y suma otro mes como presidente, que, burla burlando, suma tercetos y cuartetos para exclamar como el Fénix de los Genios: «Contad si son catorce, y está hecho».

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