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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Qué (nueva) trampa prepara Pedro?

Irse de vacaciones exigiendo que se respete el resultado de unas elecciones que no quiere convocar da miedo

«Cumplimos», puso Pedro Sánchez en un rótulo muy grande y caro para comparecer y marcharse de vacaciones, aunque le falta información. ¿Cumplimos condena? ¿Cumplimos con China, con Hamás y con Maduro? ¿O Cumplimos con Otegi, Junqueras y Puigdemont?

Con quien no cumple es con los españoles, por mucho gráfico que ponga para marear al personal: se va a marchar sin Presupuestos, sin senda de déficit, sin financiación autonómica y sin poder aprobar ni una ley, aunque esto sea una feliz noticia: sus propuestas legislativas pasan por acabar con la Justicia, destrozar el empleo, acabar con las pymes, calzar nuevos impuestos con excusas peregrinas o llenar el ecosistema de bonitas palabras y horribles hechos.

Esto es, en abrir «refugios climáticos», la cursilada del momento, pero dejar que arda el monte porque no hay aviones operativos, salvo el que le va a llevar a él, a la catedrática y al músico a un palacio a disfrutar de la vida, que son dos días.

Entre esas leyes felizmente encalladas debería estar la Ley de Nietos reformulada, pero no lo está porque se cambió de tapadillo, por la puerta de atrás, incorporando una novedad que permite ampliar el censo electoral hasta donde Su Sanchidad estime oportuno: quizá pronto un sueco que bebe vino de la Ribera del Duero o un alemán que veraneó de niño en El Arenal, o un filipino porque tiene gentilicio del tan español Donut.

Y quizá a ello se refirió, veladamente, en su último Aló presidente, perpetrado con miles de personas evacuadas de sus casas aún, en una imagen tercermundista que tampoco se lleva por delante a nadie: si el Chapucero de Adamuz, la Lela de la Dana y la Maga del Apagón siguen en sus puestos o incluso han promocionado, ¿cómo va a dimitir nadie por unos cientos de miles de hectáreas quemadas, de personas arruinadas y de pueblos calcinados donde probablemente no gane el PSOE?

El caso es que Sánchez repitió que habría elecciones —gracias por la aclaración— al cumplirse el ciclo de cuatro como siempre —en su caso las adelantó dos veces— e hizo, aquí viene lo bueno, un llamamiento a que se respete el resultado. ¿Perdón? ¿Sabe algo que se nos escapa? Salvo la bola trucada de Tezanos, todas las encuestas pronostican una paliza histórica de Sánchez y del resto de la extrema izquierda, pese a lo cual se ha permitido presagiar una indigestión de los partidos que, conjuntamente, superan de largo los 200 escaños y tienen la mayoría absoluta garantizada.

Dado que el único que nunca asume el dictado de las urnas es Sánchez, que ahora lance ese aviso coincidente con el dopaje probable del censo electoral, con españoles tan españoles como un esquimal, produce algo más que inquietud y algo menos que pavor. Dejémoslo en miedo.

Miedo a que la ingeniería electoral esté perfectamente afinada para calcular en qué circunscripciones ese extra de votantes artificiales puede decidir un escaño. Miedo a que la aritmética sanchista, que desprecia la evidencia de que en política no debe valer con sumar a cualquier precio, haya encontrado la manera de pervertir los designios demoscópicos. Miedo, en fin, a que tenga un plan, por supuesto indecente, para que la bravata de seguir hasta 2031 no sea un deseo, sino un anuncio.

Difícil es, no tanto por la catadura moral del personaje cuanto por la solidez del Estado de derecho a pesar de él, pero en lo único en que es bueno es en el mal y toda preocupación es poca. El Tribunal Supremo, otra vez el Supremo, tiene en septiembre una vista pública para revisar si la concesión masiva de nacionalidades instada por el sanchismo es procedente. Es de esperar que los magistrados, ellos sí, se pongan el rótulo hurtado por El Veraneante y luzca clara en su resolución el lema que necesitamos: «Cumplimos». Ellos sí.

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