Fundado en 1910
Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Los penúltimos de la acorralada clase media

Uno de los mayores logros de España está amenazado por los cambios de hábitos de vida, por el aluvión migratorio y por un Gobierno que legisla contra la familia

Los he visto varias veces este agosto en algunos cenadores resolutivos de categoría media, ni muy caros ni muy baratos. Allí estaban, como una agradable estampa salida de una película costumbrista española de los años sesenta y setenta. Un poco tostados tras sus días de asueto burgués junto al mar; dos padres, dos o tres hijos y una abuela, que vive con ellos, o a la que se han traído de vacaciones («no se iba a quedar sola todo agosto»). Se han vestido un poco bien para salir a cenar, aunque sin estridencias, y lucen recién duchados tras la playa. Conversan con animación, sin parar de hablar, pero con esa pátina de civilización espontánea que emana de la educación. Piden con mesura, sin la tontuna de los vinos snobs ni los alardes marisqueros. Aunque estén de vacaciones hay que seguir vigilando el bolsillo, porque «para todo no da».

Desde mi mesa observaba a esas familias con una callada admiración, consciente de que quizá estaba viendo a los penúltimos de la magnífica clase media española, la que puso en órbita este país de nuevo tras el destrozo de la Guerra Civil, la que en dos generaciones pasó del arado y el remo a la universidad. La que construyó una sociedad de pequeños propietarios, que con unos tipos de interés por encima del 12 % y unos sueldos que no eran precisamente para echar cohetes lograron comprarse su piso, gracias al sacrificio de una vida de ahorro y hedonismo limitado.

Unas familias que tenían el sueño de que sus hijos recibiesen la mejor educación posible para poder subirse al ascensor social. Una clase media forjada mayoritariamente en el catolicismo, con el código moral de respeto y fraternidad que lleva aparejado. Una clase media que ha evitado la enorme falla que en Hispanoamérica, o en Inglaterra, separa a ricos y pobres, y que nos dotó de una sociedad armónica e integradora.

Una clase media que tejió una red espontánea de mutua ayuda, que opera cuando vienen mal dadas, y fundó familias grandes, de varios hermanos y una colección de primos, que daban lugar a niños más felices que los de las nuevas familias de un hijo (o ninguno) y un perrito (o dos canes y ningún crío). Una clase media que conservaba cierta confianza en la política y un optimismo compartido sobre que el país iba a ir a más. Incluso cultivaba el patriotismo básico que hace andar a las naciones.

Días atrás, en un excelente artículo sobre Ceuta, Bieito Rubido se refería de pasada a que la clase media está amenazada por las políticas actuales: «Sánchez está en ello. Va camino de destrozar y hacer desaparecer la clase media, la gran obra de los últimos setenta años», escribía. Así es. Puede que la mayor maravilla de la sociedad española haya entrado en vías de extinción, que se esté resquebrajando el cemento que le ha dado consistencia y unas pautas de comportamiento, el pulmón que sostiene la caja pública con sus impuestos y cotizaciones.

No puede mantenerse una gran clase media con familias que ya no tienen hijos, o con «16 modelos de familia», como estableció aquella joven orate que llegó a ministra en la tómbola de Sánchez. No puede desarrollarse si desaparece la ambición de ir a más, que era su motor secreto, y si se abraza la molicie conformista o la subvención como modo de vida. Los valores morales que distinguían a la clase media se evaporan si se cae en el relativismo y en la primacía casi total de la expansión lúdica. Los hilvanes y la transmisión de valores se aflojan cuando la familia ya no come ni cena junta y con cada miembro abismado en su pantalla y aislado con sus auriculares (por no hablar de la epidemia de los divorcios y sus daños en los niños).

La clase media ha ido perdiendo poder adquisitivo, porque Occidente está a la baja y la prosperidad se ha trasladado a Asia. Se ve quemada a impuestos, y sin vía alguna para escabullirse, a diferencia de los de muy arriba y los de muy abajo. La clase media sufre hoy un gobierno muy hostil a ella, porque la familia tradicional le suena a algo reaccionario, a cosa de Franco. Con sus políticas falsamente «progresistas» le hace pagar mucho para recibir casi nada. La clase media costea la fiesta socialista, pero se ve excluida de ella. Además, el aluvión de inmigrantes la ha puesto a la cola en las ayudas y servicios sociales y está mudando el perfil sociológico de España (la clase media, por ejemplo, no «perrea» en la playa dando el coñazo a todo el mundo con el reguetón de sus altavoces gigantes).

La clase media sigue todavía viva y es el corazón de nuestra máquina social. Pero está en declive y lo que la sustituirá no será mejor: los ricos protegidos en sus búnkeres y los pobres en sus barriadas grises, con dos mundos separados por completo, como en la novela La dos naciones del primer ministro victoriano Benjamín Disraeli, que contó con maestría la historia de dos pueblos viviendo en el mismo país, pero incapaces de tratarse o entenderse.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas