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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Dolly Parton y el sueño americano

Son siempre fascinantes y ejemplares las historias de personas que con las peores cartas en la cuna acabaron comiéndose el mundo

Dolly Rebecca Parton Dean, la Reina del Country, «ya está en los brazos de Jesús», según anunció uno de sus sobrinos tras su muerte por cáncer en un hospital de su Tennessee natal. Tenía 80 años y se había propuesto morir con las botas puestas, en su caso con el pelucón rubio y los taconazos y subida a las tablas.

Dolly había nacido en lo que ella misma definía como una familia «extremadamente pobre». Pero se ha muerto con 500 millones de dólares en el banco, más de cien millones de discos vendidos, once premios Grammy, seis Globos de Oro, dos nominaciones a los Oscar y más de cien millones de libros donados en sus bibliotecas para niños sin recursos.

No está mal para una mujer salida de lo que ella misma llamaba la white trash, los rednecks, los hillbillies, los blancos descendientes de inmigrantes europeos que han acabado malviviendo a la sombra de los Apalaches. La cuarta de una familia con doce hijos, su padre era un jornalero y obrero de la construcción analfabeto. Vivían apiñados en una cabaña de dos habitaciones, sin baño ni luz (hoy puede verse una réplica en Dollywood, el exitoso parque de atracciones en su honor que se inventó esta «inteligente mujer de negocios», tal y como la ha definido Paul McCartney en su adiós).

En abril del año pasado, con motivo del 250 aniversario de Estados Unidos, la potente firma demoscópica YouGov encargó una encuesta para que el público eligiese a la persona viva que mejor representaba el sueño americano. Ganó de tacón Dolly Parton, seguida por Obama, Serena Williams, Bill Gates, LeBron James, Buffett, Musk, Taylor Swift, Trump y Beyoncé. Contaba con la simpatía del público por su honestidad campechana y por sus 60 años en la brecha, explicables por su talento como compositora y su visión para inventarse un personaje. También tuvo la habilidad de ocultar por completo sus simpatías políticas, lo que la permitió convertirse en un personaje ecuménico, que gustaba a los americanos de derechas e izquierdas. Trump ha declarado una semana de luto nacional y también recibe las loas de los Clinton.

Nieta de un predicador evangélico, en su hogar imperaba la más rígida austeridad. En una ocasión su madre la llevó a la ciudad. La niña se quedó fascinada con la apariencia de una vistosa prostituta de exuberante cabellera rubia, minifalda y ropa llamativa. «¡Es la mujer más guapa que he visto jamás!», exclamó la niña. «Es basura», la corrigió su madre. Pero Dolly había encontrado allí su futura imagen, la rubia explosiva de busto sobresaliente, de la que también se reía con su estupenda ironía: «Cuesta una fortuna tener esta apariencia barata».

Y es que como muchas personas inteligentes, Dolly Parton se tomaba un poco a coña a sí misma. Una vez le preguntaron cuánto tiempo le ocupaba arreglarse el pelo, respondió: «No lo sé, yo nunca estoy allí», en alusión a su amplia colección de pelucas. También quitaba hierro a quienes la motejaban de rubia tonta: «No me ofenden, porque sé que no soy tonta. Y también sé que no soy rubia».

La historia de Dolly Parton merece ser contada, con todas las proezas de personas que nacieron con las peores cartas de cuna y acabaron zampándose el mundo. A los seis años empezó a cantar en la iglesia, porque su familia materna tenía una veta musical. Al año siguiente comenzó a tocar la guitarra. A los once actuó en la radio y registró su primera grabación.

La leyenda cuenta que al día siguiente de graduarse en el instituto se subió a un autobús para plantarse en Nashville, la capital del country, sin nada, pero con la firme vocación de comerse el mundo. Recién llegada, conoció al que sería su marido mientras se tomaba un refresco a la puerta de una lavandería. El hombre, un pequeño empresario del asfalto, pasó con su camión, la piropeó, se pusieron a charlar… y el siguiente paso fueron sesenta años de matrimonio de éxito, aunque la endometriosis de la artista no le permitió tener hijos.

Dolly Parton poseía voz de soprano y un vibrato interesante. Cantaba sobre sus morriñas de las Great Smoky Mountains, sobre las dificultades y triunfos de la gente corriente, sobre los amores felices y los suspicaces o torcidos. Contaba, medio en coña y medio en serio, que cuando tenía que trabajar en Hollywood dormía siempre maquillada y con la peluca a mano, «por si había un terremoto y tenía que salir corriendo a la calle». Pero nunca perdió su hilo directo con sus raíces montañesas, ni su orgullo por ellas. Rascando tras su apariencia a lo show choni de Las Vegas, los estadounidenses reconocían en ella la historia de millones de anónimos, la intrahistoria que construyó la nación.

Musicalmente nunca he sido muy de Dolly Parton, me gustan más Emmylou Harris, o la actual Kacey Musgraves. Pero me admiran estos personajes más grandes que la vida y su capacidad de labrarse su destino contra todo pronóstico. Huelga decir que en un lugar como la España actual, aquella niña sin nada soñaría… con convertirse en funcionaria o vivir de la subvención. El sueño americano, hoy en horas bajas, prometía que todos podemos ser capitanes de nuestras vidas. Y la niña de la cabaña de los Apalaches se lo aplicó.

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