Eso a Vivas
La frase que perseguirá para siempre a Sánchez y le retrata como el típico abusón vulgar de la clase
El ser humano tolera mal al abusón, aunque la mansa sociedad del momento no sepa exactamente cómo tratarlo y tienda a mirar para otro lado. Pero lo ve y, en su fuero interno, se retuerce por no haber tramitado el asunto como merecía, con una intervención disuasoria suficiente.
Pedro Sánchez trata a Vivas, el presidente de Ceuta, como el orco del colegio al chiquitito con gafas. Primero movilizó a sus tertulianos a llamarle inútil en todos los platos que alojan a los trompetistas del Señor de la Mareta, que ejecutan las órdenes sin hacer preguntas: si hay que disparar, se dispara. Punto.
Luego crecieron en intensidad y empezaron a tildarlo de traidor, por si con lo de inútil no alcanzaba, aunque todo el mundo veía la escena real y hasta los más conspicuos sanchistas se preguntaban si en la comparación entre un tipo haciendo buceo en Canarias con una imputada y un pobrecillo oponiéndose a una invasión con sus manitas y su bigotito, sin otra herramienta que su dignidad, de verdad podía salir perdiendo el segundo.
Y finalmente intervino el jefe en persona, en una escena que va a quedar en la retina para siempre. Salía Sánchez del Congreso, donde berrea algo parecido al célebre «Quieto todo el mundo» cada vez que lo pisa; enfiló el pasillo de salida y, cuando alguien le preguntó por los menores no acompañados de Ceuta, que ni son pequeños ni están abandonados, dijo la frase mágica que le perseguirá: «Eso a Vivas».
Ahí se condensó todo lo que es Sánchez: esos andares de chulo de piscina, esos pantalones estrechos impropios de su edad y cargo, ese desprecio a todo lo que le molesta, incluida la democracia, y ese impulso abusón con el débil: «Eso a Vivas».
A Vivas dan ganas de acunarle; es un abuelo aún joven que no da voces, no dice tonterías, no pide nada raro y no ofende cuando abre la boca, algo que empieza a ser una proeza en esta España convertida por el macarrilla de La Moncloa en un inmenso diván para desahogos estériles. Y ese señor bajito además tiene a todo su pueblo detrás, que le ha identificado como el héroe inesperado de un drama anunciado: lejos de dejarse vencer, simboliza la resistencia caballa sin pegar una voz ni decir tonterías, con una apabullante sensatez que solo molesta a los necios y a los culpables.
Pues bien, con ese señor bajito y tranquilo ha decidido cebarse Sánchez, entregando involuntariamente a la sociedad española la última prueba de su catadura moral y política: no solo es capaz de hacer cualquier cosa despreciable para presidir un país que le detesta; también es capaz de practicar moobing y bullying: lo lleva haciendo años con Ayuso, llamándola corrupta y achuchándole al Estado como si fuéramos Venezuela, él Maduro y ella María Corina Machado; y ahora lo hace con un ceutí valiente en frasco pequeño, que es peor porque Madrid se sabe defender y Ceuta está muy lejos.
De todas las bellaquerías de Sánchez, que es a la ignominia lo que Mozart a la música y Cervantes a la literatura, la de agredir a un modesto político al frente de una ciudad asediada por un narcoestado con turbante es la más abyecta, pero también la mejor para destaparle: tenía la posibilidad de ayudar a un buen hombre rodeado por matones de Rabat y lo que ha hecho es salir en auxilio de Mohamed VI. Este es Pedrito, el abusón de la clase, que siempre suele ser el más tonto con más complejos.