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Perro come perroAntonio R. Naranjo

Lobo solitario

El gobierno se ha convertido en una manada descontrolada que quiere devorar el Estado de derecho y no hace rehenes

Se puede criticar a un juez y, desde luego, una de sus sentencias, que además es recurrible: todos hemos visto o sufrido alguna decisión suya que, por ser benévolos, encaja en la realidad lo mismo que un programa de RTVE y obedece a un interés ajeno al propio de su función. Todo esto puede hacerlo y decirlo también un ministro, o incluso un presidente del gobierno, y forma parte del ancho universo de la libertad de expresión.

Los jueces no son infalibles, y en algunos de ellos pesarán las mismas motivaciones, prejuicios y emociones que en cualquier otro ámbito: no existen los seres de luz absolutos y sus señorías tampoco lo son. Hasta ahí se puede decir. Pero no más.

El gobierno, y particularmente su presidente, no ha invertido ni un segundo en explicar por qué tal sentencia o cual auto son, a su juicio, incorrectos, con un razonamiento decente alternativo que justifique su descontento hacia el juez Peinado por Begoña Gómez, la Audiencia Provincial de Badajoz por David Sánchez o el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional en cualquiera de las causas que, por resumirlo, acumulan más de 100 imputados, cuatro condenados en firme y tocan el corazón político y personal de Pedro Sánchez.

Sabemos lo que dicen los jueces, sostenido en decenas o centenas de folios en los que justifican sus resoluciones, a su vez sustentados en largas instrucciones con las que han podido acumular indicios o pruebas también conocidas, acumuladas, ordenadas y documentadas con las que el tribunal trabaja para llegar a una conclusión. Pero no conocemos ni un argumento solvente, mínimamente elaborado, de quienes desde el Gobierno y su coro rociero desprecian ese ingente trabajo y lo resuelven todo acusando a la Justicia de querer derrocar a Pedro Sánchez.

En la cárcel solo hay inocentes, dicen los presos, que antes también denuncian que la Policía y los jueces les tienen manía. Y ese es el discurso de Sánchez, de Puente o de López, cada uno con su estilo y todos con el mismo ímpetu que un quinqui: los magistrados son unos «salvapatrias» y unos «lobos solitarios», sostienen con el mismo rigor que un pandillero hablando de seguridad ciudadana.

El problema es que, aunque se comporten como Ñetas, dirigen un país, tienen un gran presupuesto a su servicio, disponen del BOE y manejan a su antojo herramientas tan poderosas como RTVE o el CIS, con las que convierten sus delirios antisistema en un relato de implantación masiva en la parte más laxa de la sociedad, la que está dispuesta a tragarse lo más grande a sabiendas o no de que es una patraña porque cree que la alternativa es un peligro. Pelillos a la mar.

Llegados a este punto, solo cabe apelar al valor cívico de la Justicia, que se ha convertido en una especie de guardián de las esencias democráticas en un país donde todas las demás han sido asaltadas, anuladas o hasta ocupadas por un grupo feroz de gobernantes insurgentes, antisistema y por todo ello traidores.

Depender de que a un grupo de jueces no les tiemblen las piernas es en sí mismo una prueba del terrible deterioro del Estado de derecho que encarna Sánchez, para quien el único poder legítimo es el suyo: todos los demás son golpistas y forman parte de una gran conspiración desde ese mítico y místico «Estado profundo» que por lo visto incluye ya también a los millones de ciudadanos que no le votan a él, tan conspiradores como esa recua de jueces, policías y periodistas que les hacen la vida imposible. En fin, que lobos solitarios con toga no existen, pero manadas con ministerio las tenemos delante de las narices y no hacen prisioneros.

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