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Desde la retaguardiaMiquel Segura

Prólogo para una noche toledana que nunca llegó

Eran tiempos de escasez. Vivíamos en un nuevo «armengolato» y Madrid había impuesto la cartilla de racionamiento. De pronto apareció Diego de Castro portando enormes bandejas de «montaditos»

Estaba amodorrado cuando recibí la alerta en mi móvil medianamente inteligente, así que no capté bien su significado. Me había colocado frente al televisor para visionar un capítulo de una serie que recrea la biografía de Raphael y, a todas luces, me había vencido la modorra. Entre las sombras de mi duermevela interpreté que el aviso gubernamental era de carácter político. «Eso es que mi presidenta -acerté a pensar-comparte los temores de Abascal respecto a Sánchez: ese hombre morirá matando y antes de perder -que a lo peor no pierde-se llevará por delante a más de dos y más de tres, quién sabe si al régimen de 1978 que, por cierto, ya está tan maltrecho como mis articulaciones».

Se van a reír de mí, pero el caso es que leía y releía una y otra vez el texto de la alerta y no podía dejar de interpretarlo en clave política. «No se acerque a zonas inundables, como sótanos y garajes». Eso debe ser, pensé, un mensaje cifrado para que evite contacto con las cloacas, debe referirse a las notas de prensa de los socialistas o a las declaraciones de Armengol sobre la España en sombras y la otra, la suya, la del Technicolor y Cinemascope. Pensé de inmediato en Negueruela: «el galleguiño anda de nuevo tras de mi; cuando yo trabajaba para Prohens ya estaba algo obsesionado conmigo y daba mucha cruz a quienes, desde el Consolat, tenían la mala costumbre de hacerle caso». «No se acerque al mar ni a las riberas de los torrentes», rezaba el aviso oficial, aunque no exactamente con estas palabras. ¿Cómo no voy a acercarme al mar si vivo frente al mismo, querida Margalida, lo viste tu misma un día que pasaste frente a mi casa y te paraste para saludarme. Tampoco voy a poder recluirme en las «plantas superiores»: Mi casa es de una sola y no voy a encaramarme al tejado, a mi edad.

Al despertar completamente de mi modorra leí otra vez el mensaje y la zozobra no hizo sino aumentar. ¿Estábamos en el umbral de una noche toledana? Tras mi frugal cena me repantingué de nuevo en el sofá y otra vez, quedé en brazos de Morfeo. Soñé con una playa desierta y un mar en calma. Estaba con un grupo de amigos -la pandilla de la madurez, todos un poco golfos- y teníamos hambre. Eran tiempos de escasez. Vivíamos en un nuevo «armengolato» y Madrid había impuesto la cartilla de racionamiento. De pronto apareció Diego de Castro portando enormes bandejas de «montaditos» y bebidas para todos. Comeríamos de estraperlo y, siquiera por una vez, aliviaríamos nuestros ascéticos estómagos. Había llegado en coche, pese al racionamiento de gasolina y todos pensamos que ese hombre era un lince para afrontar los tiempos difíciles que se nos habían echado encima. Él mismo lo comentaría luego mientras nos servía unas enormes torrijas: «tanta fiesta pagada por los ayuntamientos, tanto jolgorio y tan pocas ganas de trabajar tenían que pasarnos factura». No sé porqué tuve la sensación de que, al decir aquellas palabras, me miraba fijamente. Los de sa Pobla fuimos adictos al trabajo, todo el mundo lo sabe. Hasta que...

Estaba disfrutando como un loco de las torrijas cuando noté que una mano me sacudía cariñosamente el hombro. «Vamos, espabila». Era mi santa, siempre atenta.

-Y por qué me despiertas ahora, en lo mejor de mi sueño? ¿Está diluviando?

-Todavía no, pero tienes que tomarte la pastilla para dormir

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