El penúltimo gol de Pedro Sánchez
Este Gobierno al final ha resultado ser más de la cuenta el Gobierno de las primeras veces. Así que uno puede pensar, ¿por qué el próximo no va a ser el primer Gobierno al que le impugnen unas elecciones?
Mi amigo y compañero Javier Redondo acostumbra a ponerse siempre en lo peor. Especialmente cuando hablamos en tertulias sobre este Gobierno. Conviene sospechar, viene a decir, supongo que para evitar sorpresas, aunque lo cierto es que en ese aspecto estamos curados de espanto. Yo le digo que no se puede ser del Atleti hasta cuando no estás pensando en el futbol. Que el pesimismo no puede ser una forma de vida en la que siempre esperas que la cosa se tuerza con un gol en el 93.
Al final todo se pega y es por ello que cuando el Tribunal Constitucional dio lo que unos llamaron varapalo al gobierno esta semana, otros portazo, a mí me dio por pensar que cuidado, que no vaya a ser. Es cierto que rechazar el recurso del Defensor del Pueblo sobre la ley de nietos hubiera sido algo así como sacar una tarjeta roja a un futbolista antes incluso de pegar un leñazo a la tibia del rival, pero cosas peores se han visto. «Por ahí no han pasado los magistrados progresistas», he leído, como si ahora la cordura hubiera bajado a iluminar las cabezas de algunos en el Tribunal, como si de la noche a la mañana hubieran decidido no plegarse a los intereses de un gobierno que ha manejado los hilos de una institución que ha sido salvavidas constante en los últimos años.
La sospecha ahora, sumergido en el pesimismo y la duda que me contagia mi amigo Javier, es que este el primer paso de un proceso largo, complejo y que puede llegar a unos extremos que no hemos conocido en España, como tantas veces ha sucedido últimamente puesto que este Gobierno al final ha resultado ser más de la cuenta el Gobierno de las primeras veces. Así que uno puede pensar, ¿por qué el próximo no va a ser el primer Gobierno al que le impugnen unas elecciones?
Si el Supremo resuelve, y resuelve que ajustándose a la ley un buen número de los pseudo nietos pueden votar, o el Constitucional acaba metiendo la mano con recursos y resoluciones en tiempo y forma, se abrirá una ventana delicada y que dará pie a hablar de gobierno ilegítimo por parte de la oposición siempre y cuando las encuestas acierten y la derecha acabe en el poder. Lo decía bien Ramón Pérez-Maura en su Horizonte hace un par de días en El Debate «si estamos viendo las trampas que hacen sobre la mesa, qué no estarán haciendo por debajo.»
Soy un convencido de que Pedro Sánchez está pensando en el 30 de noviembre, especialmente por lo poco que le ha interesado lo que pasa a su izquierda y que es fundamental para seguir en el poder. Creo que está atornillando su puesto en Ferraz, su sillón en la oposición y su liderazgo de un espacio que es en esencia un Frente Popular, aunque sólo se atreva a llamarlo así Ada Colau.
Creo que lo complicado de verdad vendrá después de las elecciones y ahí el actor fundamental va a ser la oposición, que es una institución como otra cualquiera y al frente de la misma, si aciertan las encuestas, el Partido Socialista tendrá un papel esencial y tendrá que tomar una decisión que puede cambiar el rumbo, especialmente el suyo. Tendrá que decidir si hace más alto el muro que levantó su todavía secretario general hace tres años o derribarlo para ejercer un papel como actor en un estado en el que conviene rebajar un poco el tono.
Sospecho que Sánchez tiene eso atado y bien atado adelantándose otra vez a todos y consciente de que manejar su partido supone manejar su futuro tanto personal como profesional. No hay alternativas y está consiguiendo que, en su partido, controlado con mano de hierro, las gentes y los militantes empiecen a pensar lo que pensaban los del toro con el Guerra: que después, nadie.
Sospecho que Sánchez seguirá, que el ambiente será irrespirable. Y sospecho que hoy está pensando en el 30 de noviembre, pero cuando legue la fecha empezará a pensar en su vuelta a Moncloa. Cuando lo comento con amigos hay quien me dice que soy un cenizo, que qué manía de ponerme siempre en lo peor. Yo pienso que antes no era así y que solía gustar ser optimista por naturaleza, pero me lo ponen muy complicado. Todos. Y por eso me siento esperando resignado a un gol que estoy seguro volverá a llegar en el minuto 93 y puede que en fuera de juego. Será que me he terminado de contagiar de mi amigo Javier Redondo al que en estas ocasiones sólo se me ocurre decirle aquello de… Javier, ¿por qué demonios somos del Atleti?