Cartas al director
Lealtades tóxicas
Le pregunté a una amiga socialista de toda la vida si con la que está cayendo va a volver a votar al PSOE. Su respuesta me pareció tremendamente significativa:
«Yo soy leal», me dijo.
El PSOE tiene muchos votantes como ella, pase lo que pase, hagan lo que hagan les seguirán votando y cuando se les acaben todos los argumentos o motivos para hacerlo los votaran por lealtad.
Esta incondicionalidad a prueba de bombas le concede al PSOE un cheque en blanco cada cuatro años. Menudo chollo, sobre todo si te encanta robar como es el caso.
El problema de la lealtad es que cuando se convierte en ciega, no es lealtad sino fanatismo. No hay nadie más leal a sus creencias que un terrorista, llegando a tal grado su lealtad que mata por ellas.
La lealtad a veces no es noble sino tóxica, a veces no es una gran virtud, sino un gran defecto. La lealtad es un arma de doble filo.
Hay lealtades completamente triviales e inocuas como por ejemplo a un equipo de fútbol, pero la lealtad a un partido político no tiene nada de trivial ni de inocua, porque la política a diferencia del fútbol no es un juego.
Son los políticos quienes tienen que ser leales a sus votantes, nunca los votantes a sus políticos.