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Cartas al director

Sánchez y el caballo de Atila

Ya se dejaron oír, por fin, los acentos atiplados del presidente del Gobierno en la sala senatorial. Como se venía sospechando, este no se salió del machacón «manzanas traigo» durante todo el interrogatorio al que se vio sometido, perseverando con la percha de quien está por encima del bien y del mal y unas gafas de pega como las que se venden en los mercadillos. De nada sirvió el empeño de los preguntones que, infelices ellos, pensaban que iba a cantar el repertorio de Las Bodas de Fígaro y se encontraron en medio del Corral de la Pacheca y al interpelado convertido en anfitrión de una farra jarifa. Incluso se permitió el lujo de decir que aquello era un circo y se marcó un chotis sobre otra institución del Estado, aplaudido por quienes están convencidos de que no tiene una flor en el culo, sino todo un rosal.

Dicen que ha sido una jornada histórica, se lanzan loas a Sánchez y a su manual de resistencia y se mantiene viva la ilusión de que respiramos el aire de un vergel. Los menos nos dolemos de la estocada sufrida en el Senado y de las que le quedan por dar a este hombre que se ha propuesto ir desde Finisterre hasta Antequera montado en el caballo de Atila y vociferando: «¡progreso, progreso y progreso!»

Nota: Destacable el arrojo y la dignidad de los que se valió María Caballero para enfrentarse a este inmenso molino de viento sostenido por el español medio, el nacionalista rencoroso y el progre apoltronado.

Juan José González García

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