Cartas al director
Aldama o la realidad empañada por el discurso
Durante los últimos días, a propósito del juicio por el caso Koldo-Ábalos, se ha venido en no pocos medios de comunicación proyectando una imagen mesiánica, casi salvífica del comisionista Aldama, imputado también en la trama, como redentor dispuesto a «desfazer los entuertos» de este cada vez más corrompido gobierno.
Sin embargo, es importante recordar que la colaboración de Aldama con la justicia no responde a ese interés patrio ni al deseo de hacer de España un país libre de corrupción, sino al legítimo fin, con arreglo a un Estado de derecho como en el que vivimos, de obtener beneficios de cara a una más que presumible condena.
Es difícil plantear un futurible, pero, si por el contrario el caso no hubiese estallado, es bastante probable que hoy Aldama, el converso a salvador de España, hubiera seguido siendo el número cuatro de esa organización criminal de la que, según sus palabras en sede judicial, formaba parte para trajinar con negocios millonarios como hizo durante la pandemia mientras sus compatriotas morían, pagar prostitutas al ministro de turno a cambio de prebendas o situar a la narcodictadura venezolana como interlocutora válida sin arreglo a ningún criterio moral: que el discurso, en fin, no empañe la realidad.