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Cartas al director

Más allá de la machosfera

El cuerpo no es un decreto ley, pero hoy hablamos de masculinidad como si lo fuera. Como si el hombre fuese un expediente clínico que debe ser corregido, higienizado, reeducado. Una parte del discurso woke levanta manuales como bisturís; la machoesfera responde con nostalgia y resentimiento. Ambos polos comparten la misma obsesión: intervenir en el hombre, convertirlo en un objeto sometido a evaluación permanente.

A esto se suma un fenómeno silencioso: hombres que adoptan un discurso feminista impecable sin explorar su propia masculinidad. Repiten consignas correctas, defienden causas justas, pero evitan entrar en el territorio incómodo de su deseo, su miedo, su fragilidad o su rabia. Han aprendido el lenguaje adecuado, pero no han hecho el viaje interior. Hablan de igualdad, pero no saben nombrar lo que les duele.

Mientras tanto, la vida real sigue latiendo. Los hombres no son abstracciones ni perfiles digitales: son cuerpos que sienten, que buscan afecto, que cargan expectativas contradictorias. La cultura les exige invulnerabilidad; la biología les recuerda que no lo son. Y en esa tensión, muchos quedan atrapados sin herramientas para comprenderse.

Ni el moralismo progresista ni la machoesfera ofrecen una salida. Ambos reducen al hombre a una caricatura: sospechoso permanente o héroe incomprendido. La alternativa exige reconocer la complejidad masculina sin miedo ni condescendencia. Aceptar que la biología no es destino, pero tampoco un error; que la cultura puede transformarse sin convertirse en castigo.

Yo, como mujer, busco un encuentro real entre seres humanos. ¿Nos atrevemos a mirarnos sin miedo?

Carmen Núñez Cuenca

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