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Cartas al director

Clave de bóveda

Tan pequeña ella, siempre me ha parecido una obra inmensa del ingenio humano: una sola piedra, colocada en el lugar preciso, mantiene y soporta la presión de sus hermanas en el complicado trance de dibujar un arco o una bóveda en el espacio. Maravilla de la creación.

Dicha piedra angular me transporta hasta ciertas personas también fundamentales. Sin prestarles atención en medio de tanta urgencia, las vemos y convivimos con ellas cada día. Gracias a su silenciosa labor, cual hacendosas abejas, nuestra sociedad funciona y no se ha resquebrajado hace tiempo. Su esfuerzo constante, y no pienso solo en lo económico, sustenta la familia, el grupo o, palabra que me encanta, la tribu y no suele ser noticia en los medios, pues la transcendencia de su entrega no es visible ni tangible. Sucede, simplemente.

Cualquiera de nosotros puede dar el nombre de personas que, desde la carencia total de medios y conocimientos, pero con una intuición sobrenatural, han luchado y siguen luchando para dar la oportunidad de un futuro próspero, el que ellos no alcanzaron, a sus hijos. Única guía, la férrea creencia en lo que deben hacer. O de aquellas que se ocupan de sus mayores, dado que el afecto y el respeto les impiden delegar el cuidado en terceros. Nada ni nadie les exige semejante generosidad, por supuesto; su dedicación es voluntaria, tanto que en demasiadas ocasiones priorizan el bienestar de sus familiares. Estos seres anónimos logran que las piezas del engranaje social encastren a la perfección, es más, que parezca que el mundo gira como debe. Estos hombres y mujeres, que nunca recibirán un aplauso o un premio, tampoco los esperan, sí que son la piedra clave de nuestra sociedad.

Isabel Pascual Cebrián

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