Cartas al director
La izquierda fantasma
Con el ventilador al máximo y la mano en el pecho, la izquierda quiere convencernos de que todos los expresidentes son iguales, incluso el ex jefe de Estado también. Colocan a un mismo nivel la X de los GAL, el M. Rajoy de la Kitchen, el desconocimiento de Aznar por las tropelias de su equipo más cercano y los desacuerdos con Hacienda del Rey Juan Carlos.
Es una forma curiosa de asumir responsabilidades: convirtiendo a todos en culpables. Subidos en tal montaña de estiércol, insisten en ser los elegidos para transformar España, negando la alternativa. La razón es, desde su punto de vista, evidente: la diferencia entre izquierda y derecha no es la corrupción, que, insisten, afecta a todos. La diferencia sería que la izquierda aspira a la ejemplaridad, por su bondad intrínseca, mientras la derecha es fascista por definición.
Es esa falsa dicotomía entre progresismo y ultras lo que está derribando las democracias y partiendo por la mitad las sociedades que antes tenían un proyecto de convivencia.
Dice la izquierda que ellos son tan autoexigentes que su electorado les penaliza la corrupción en las urnas mientras los perversos votantes de derechas no castigan la corrupción a los suyos. Basta ver cómo el PP de Casado quedó en casi la mitad de votantes de los que tenía el PP anterior para ver que esa afirmación no se sostiene.
Apelan a una izquierda alternativa, íntegra, coherente, ética y moralmente irreprochable, que no sea subalterna del PSOE. Los mismos que soportan un gobierno que se bambolea en el fango y el descrédito.
Y mira que hace falta una izquierda española.