Cartas al director
La enfermedad del poder
El término democracia fue acuñado en Atenas en el siglo V a. C. a partir de los vocablos demos (pueblo) y kratia (poder). La agudeza de la cultura helénica asoció al ejercicio del poder el concepto de hubris (soberbia) que representaba el mayor delito que un político podía cometer en el ejercicio del poder.
La exposición durante un tiempo prolongado de un determinado sujeto al poder y a la sensación de omnipotencia conlleva el riesgo de padecer el síndrome de Hubris, conocido coloquialmente como «la enfermedad del poder». Se trata de un trastorno de la personalidad adquirido con el ejercicio prolongado del poder caracterizado por un ego desmedido, arrogancia extrema, desprecio por los demás y una evidente desconexión con la realidad. Este cuadro clínico aparece de forma progresiva. De hecho, el sujeto puede llegar al poder representando una ideología y un programa de gobierno, pero según se va asentando en el poder, deja las promesas para mañana, tiene poder de decisión sobre otras personas a los que ahora exige obediencia y fidelidad por los cargos que ocupan, pues el equipo de gobierno lo forma el presidente.
Aunque el síndrome de Hubris no está clasificado como trastorno mental -es una especie de supersoberbia-, los psiquiatras lo abordan en su práctica clínica. Las personas que lo padecen hacen lo que sea para permanecer en su estatus y no perder el puesto de ninguna manera, estando dispuestos a permitirse toda negligencia, civil o moral, para conseguir sus objetivos; y sobre todo requieren del reconocimiento de los demás, de los que esperan que le respeten o que le teman.
Dado que este síndrome tiende a ser preponderante en el ámbito político, esta sería una razón justificada para que los cargos principales tuvieran una duración determinada, tanto por el bienestar psicológico del sujeto «sufridor» como de la ciudadanía.