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Cartas al director

¿Por qué los días son más largos en verano?

En los albores de la civilización, un muchacho aguardaba las costas, llorando con desolación. Notaba su pecho vacío, arrancado el corazón. Todo daba igual, si ella partía al caer la noche a sus tierras de Jericó. Se olvidarían los besos que soñó, los versos que le dedicó, el amor que en su interior le prometió, pues nunca una palabra le dirigió, y aquello era su amorosa ejecución.

La luna aparecía, el día acababa, y el barco en el puerto, a ella le esperaba. Desesperado, rezó al Dios de aquellos israelitas, imploró ser escuchado y su amor, ser salvado. Al Creador le sorprendieron aquellas palabras en oración, y decidido a cambiar el libre albedrío y su acción, con un milagro le obsequió. La luna resguardó, y el sol de nuevo aconteció. Al verlo, el joven corrió hacia su amada; partió. La muchacha en el puerto cantaba, y varios varones la cortejaban. El íbero se acercó y, tartamudeando, se presentó. La mujer se burló de su corazón: ¿a dónde iba él, un muchacho sin poder, ni nada por lo que de amor enloquecer, a por ella, la más bella mujer?

Las risas y las burlas resonaron. El joven no se achantó, confió y respondió: «Nuestro Dios ha movido el día y la noche para tener esta oportunidad de mi amor a ti contar. Tienes libertad de hacer lo que quieras, pero has de saber que mi corazón era tuyo, es tuyo y ojalá».

No terminó. Sus labios fueron besados.

Vio Dios el milagro, y contento, alargó el día en verano, pero no quitó las noches. Pues, a la luz de la luna, aquel joven, en su último pensamiento antes de dormir, debía recordar que el amor es el rostro de la última persona en que piensas antes de soñar, y en sus sueños aparecerá, aquella playa donde a Dios encontró y a su amada, su amor regaló.

Óscar Heras Gómez

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