Cartas al director
El día después
Que el sanchismo está en descomposición es público y notorio. El tufo de sus cadáveres políticos es cada vez más insoportable, por mucho que su fábrica de eslóganes y argumentarios trabaje a destajo para alimentar la cabaña socialista. El chapapote ya les llega al cuello y la marea no para de subir. La nómina de golfos y golfas –presuntos y convictos– acaba en un «suma y sigue». Ayer fue imputada la cúpula de la SEPI, hoy la de nuestra querida Benemérita, ¿quién lo será mañana?... Y mientras el Gobierno chapotea, los fieles aplauden sin pudor al «puto amo», como en la orquesta del Titanic, ajenos al hundimiento de un barco que ya hacía agua desde el comienzo de la singladura. Con un presidente que presume de aferrarse al poder, que intenta eludir la Justicia, y que está empeñado en la demolición institucional. Sus decisiones –aún no están todas tomadas– producirán daños irreparables que sufrirá toda una generación, incluido el PSOE.
Por eso la oposición –PP, Vox y UPN– debería ya empezar a trabajar, sin complejos y con generosidad, en una reforma ambiciosa para afrontar los grandes retos: separatismo, migración, vivienda, pensiones, sanidad, educación, seguridad… Se trata de aprovechar la experiencia del PP y la fuerza generacional de Vox, donde muchos jóvenes, que sienten que les están «robando» su país, encuentran un halo de esperanza y orgullo nacional, porque para muchos españoles, tras años de gobiernos de uno y otro color, España se cae a cachos. Por eso, cuando caiga Sánchez, que caerá, si la derecha es capaz de gobernar con responsabilidad y ambición el gran poder que se le va a otorgar, una España resurgida será posible, y no un mero paréntesis entre dos gobiernos de izquierda.