Cartas al director
Los que callan
Con toda esta crisis migratoria, hay un convidado de piedra que se nos escapa: la Iglesia Católica de España. Sorprende, como católico, que los propios jerarcas no hayan convocado oración, ayuno ni colecta por Ceuta. Por Venezuela, por la dana, por Ucrania, se desvivieron. ¿Por qué por Ceuta callan?
¿Qué temen los obispos? Decía Benedicto XVI que la Iglesia nunca fue más libre que cuando era perseguida. Una Iglesia que calla por miedo a incomodar al poder ha dejado de ser sal y luz.
Si el miedo es el concierto educativo o el IBI parroquial, no teman: se puede celebrar misa en las plazas. San Pablo, en la cárcel, escribió: «El Evangelio no está encadenado». ¿Qué excusa tienen nuestros pastores, libres, para no alzar la voz?
Dan pésima imagen, salvo excepciones honrosas como el Arzobispo de Oviedo o ese sacerdote ceutí que clamaba por el «orden en la caridad»: acoger bien no es acoger sin criterio. En Ceuta hay musulmanes y católicos, y todos son españoles. La Iglesia debe hablar de la dignidad del migrante y de la angustia de una ciudad desbordada, sin elegir bando político.
Hace falta una voz valiente que no se achante ante los poderes de este mundo. Los obispos supieron plantarse en la Transición, ante el terrorismo, el aborto o la eutanasia. ¿Por qué ahora callan? Quizá temen que cualquier gesto se lea en clave partidista. Pero una Iglesia que calcula antes de hablar de los pobres ha perdido el rumbo. Ni Juan Pablo II en Polonia ni Monseñor Romero en El Salvador calcularon: la profecía nunca fue cómoda.
No pido a los obispos que hagan política, sino que no sea la sociedad quien dicte a la Iglesia cuándo hablar. Eso debería ser motivo de examen de conciencia.